Hay una historia tradicional japonesa que cuenta la vida de un joven príncipe. El príncipe quería ser el mejor samurai de su era para traer honor a su familia para gozar de respeto él. Tal era su deseo de dominar la espada que soñaba día y noche con su fama y veneración pero cada mañana cuando debía empezar su entrenamiento la temperatura era demasiado fresca o el sol era demasiado fuerte o la lluvia impedía salir fuera y si realmente quería ser el espadachín más perfecto no podía aceptar menos que las condiciones más perfectas. Así pasaron las estaciones una y otra vez llevándose con ellas la juventud del príncipe que cuando se quiso dar cuenta jamás había alzado la espada. Mientras tanto, los nobles que se madrugaban cada día y entrenaban en el frío al sol bajo la lluvia con pequeños esfuerzos constantes dominaron el arte de la guerra. Por culpa de esta filosofía milenaria las industrias hoy nos torturan con la mejora continua los sprints la entrega de valor los vertical slices como espadazos sobre la carne de nuestros sueños. Nada puede ser genial todo tiene que ser fatalmente incremental y en ese cálculo nuestra hermosa técnica se vuelve un instrumento con los bordes redondos nuestra cabeza, un cronómetro y la imaginación, una letanía del himno de los vencidos. Lo que nadie cuenta es que los nobles aplicados murieron en la humedad de los campos de batalla mientras que el príncipe soñador envejeció con los pies calientes y una mente libre. Todos estos lamentos de igual forma pertenecen a un mundo que ya no existe ahora la ideología dominante es ser cada día peor cada día engañar más rápido cada mañana abandonar la carne y el espíritu humano. Por eso he recuperado el kaizen, que por otra parte me ha hecho próspero a costa de pudrir mi alma, pero con un nuevo propósito. Todas las mañanas hago ejercicio con un mexicano de Youtube que me hacer repetir yo creo yo puedo y lo lograré. Todas las tardes anoto mis avances para evaluar mi disciplina. Y cada semana aumento mis esfuerzo con alegre resignación.
No es vanidad. Quiero brazos fuertes para alzar mil hijos quiero una mente afilada para desear menos y soñar un porvenir; pero sobre todo, quiero tener aliento para reirme de los androides los que se actualicen para no caer en el fuego abrasador y enjuto de las corporaciones los que sean eficientes para levantar sus katanas sólo para hundirlas en sus vientres cada mañana cada mañana cada mañana.