"Es hora de levantarse" me susurra mi genio malvado para sacarme estridente del trance. Las fuerzas subterráneas me llevan del lecho a la pradera sin que comprenda del todo cómo mis atavios se treparon a mis miembros. Es una magia anti natural a la que todos se han acostumbrado. Sobre la colina gris, bajo una llovizna imperfecta, todos los íncubos resoplan esperando a la parca en forma de colectivo suburbano, lamentan que la tortura les llegue tarde y añoran la fortuna de quienes van apretados a dentro, imagenen la insportabilidad de un cadalso para el que además han de hacer fila. Es hora de marchar. En el carro una voz conocida comienza su letanía matutina, con un prólogo de risas y estoques sexuales, charlas violentas como miembros de enanos, disfrazadas de amenidades y transfiguradas por la máscara de la carcajada, el bullicio sube hasta que Yami me regala la primera canción de la mañana. Los caminos se enredan y la marcha sonámbula de los titanes de avenida Córdoba mece mi cuna de metal como un gigante arrulla a un pichón que se ha caído de su nido. Los hechizos policromos me detienen y observo hacia los lados, pero las caras opalescentes de los navegantes solo miran hacia adelante como almas en pena que ya no recuerdan la caricia de una madre. Está trabado, no sé si llegaremos. Mi diablillo repite las estridencias de un rey tunante y finge sorpresa sobre lo ya conocido. Acentúa, subraya, se encabrita. Trata de excitarnos en la luctuosidad del desastre, aquello que no cabe en los márgenes de la cordura gobierna y el diablillo quiere hacer de las barreras rotas una danza de desmesura y socarronería. Lo logra. Su rito me seduce y como una lanza penetra en mi ánimo soñoliento. Mientras me cebo en ideaciones masónicas, un mamut que mastica los deshechos de la ciudad altera los ánimos de los navegantes. Ansiosos por llegar a puerto vociferan con sus clarines monocromos. Bajo sus coros bobos recibo como un epifanía la preclara, mística, satánica mirada de Noelia Barral Grigera. Finalmente de tanto sonar las arterias se desangran, los bajeles surcan las olas de sangre con sus trompas henchidas sobre el cemento. La marea me arrastra con su último hilo de agua hasta la puerta de mi faena. Bajo y contemplo los muros de hierro. El mundo que me han contado se ha vuelto tan grande que su circunferencia se me aparece plana e infinita. Un orbe inquietante e inaccesible tras un velo de palabras. Mi corazón se pregunta qué dirá el picadito de Gustavo Grabia. Me despierta de mis devaneos el guardia, con su sonrisa, llena de colmillos que se recortan como una línea macabra hasta casi las orejas. "¿Qué pasa? Es que acaso te has olvidado la tarjeta."
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