Estoy muerto en mi recuerdo
y pervivo en la Verdad
veo tu tumba abierta
y me quiero acostar.
Es que tenés con vos
el trozo de mi carne
que me salva en esta vida
del infierno imaginable.
Cuando el tejido se abra
veremos a Dios que se escondió
atrás de la rosa soberbia
del mundo que creó.
Un tigre, una brújula
un telescopio, un sabio ciego
una moneda, un mármol roto
y también el universo.
Todo se confunde atrás del velo.
Todo se confunde atrás del velo.
Ya veo la hendidura
y no se asoma ningún ojo
escucho los nombres
contar lo demas
no es dado a los hombres.
Ya no hay cielo
ya no hay tierra
ya somos juntos la calma.
Ya no hay hombre
ya no hay dioses
ya no están estas palabras.
una canción que escribí por encargo en el 2008 y que nunca se compuso
miércoles, abril 14, 2010
Sufí
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viernes, marzo 19, 2010
Mal de ojo
Nos había presentado mi amigo unas semanas después de la primera vez que te vi. Me habiís cautivado por ese vestido negro, que era del teatro pero que parecía que habías llevado puesto toda la vida, y por la forma sensual en que le tapabas la boca al hombre de gris que trataba de besarte.
Él me habia dicho que ya había pensado en nosotros dos porque vos leías a Nietzsche y le hacías chistes parecidos a los que le hacía yo, él pensaba las cosas así y por lo general tenía bastante razón.
La primera vez que salimos te diste cuenta pero preferiste no hacerle caso a tu intuición y le restaste importancia. Sabías que mi vista te desvestía y te desangraba en el mismo pestaneo, sabías que yo tampoco lo quería así, pero uno no puede entrenar a sus ojos por más verdes y adolescentes que sean.
La vuelta en que completé mi frase fue un poco a propósito el golpe, lo confieso. A veces parezco entrenado para la espontaneidad. Mi amigo en cambio decía que yo proyectaba a la otra en vos y que por eso preparaba esos momentos; yo le dije que eso se llamaba desplazar y que en todo caso a mí me parecía una reinterpretación muy mala de lo que nunca pasó. "Como en mi obra" me dijo, y yo asentí para conformarlo.
Despuús del incidente de la frase los vasos se pusieron a burbujear y ya no te pude ver. Ni hablar de mirarte. Te caías subiendo a las tablas y no había luz ni maquillaje que te disfrazara el cansancio de la cara. Yo sentía que nunca nos habíamos conocido, como si la maldición bajo mis párpados también hubiera arruinado el recuerdo.
La amiga de mi abuela cuando yo era chico me había dicho que mi forma de mirar era rara, fuerte; que tuviera cuidado de dónde clavaba la vista, que tratara de no mirar mucho a las embarazadas y a las nenas que eran las más vulnerables. Yo no entendía y digamos que no entendí bien hasta que me pasó lo tuyo. Las cosas de brujos siempre me habían parecido boludeces de mi familia pero casualmente la noche de teatro que hacías esa coreografía deliciosamente repetitiva le comenté a mis amigos que quería tirarme las cartas; tarot por cinco pesos en la santería de al lado de la estación. Al final no fui porque como casi siempre se me esfuman esos rayes que tengo, pero a la primera salida que hicimos de alguna forma me avivé, igual que vos.
Ojalá desde el principio me hubieras tapado la vista como al hombre de gris le tapabas la boca.
13-03-05 con barniz de hoy
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domingo, febrero 28, 2010
Poema de los ríos y la liebre
Observando los rápidos noté
que en las encrucijadas se forman pequeñas olas
que tratan de volver sobre la corriente
equivocadas sobre su naturaleza y la del relieve.
Y vi una mara al costado de la ruta,
en sus ojos estaba convencida de la muerte.
Se arrojó debajo nuestro
pero en la cubierta no encontré de esa muerte romántica
un solo rastro.
Conocía ya los ríos
pero ignoraba lo que nos unía
sabía de esos ojos suicidas
pero ignoraba mi envidia.
Conocía el frío del agua acuchillándome
y la aspereza entre las rocas y mis plantas
pero había olvidado el placer de arrojarme
al vacío
aunque termine aterrizando en el agua.
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jueves, julio 30, 2009
Tocayos
-Ya pasó varias veces, Clara. Va a volver a pasar de nuevo, lo sabés.
-Tenés que tomártelo con un poco de humor, es obvio que los chicos de la ofi no te lo hacen para forrearte. Reconocé que es gracioso - Fabián le clavó una mirada asesina dejando a las claras que no le parecía nada gracioso -. Además, ¿vos te pensás que en cinco años la gente se va a acordar de que Fabián Gianolla se comió un travesti? Yo tuve un compañero de colegio que se llamaba Eric Estrada, como el de Chips, el de las pastillas para adelgazar.
De dos meses Clara había subido a 5 años, se pisaba sola.
-Reduce Fat Fast.
-Sí, ésas. El pibe la pasó mal de segundo a tercero, pero para el viaje de egresados no se acordaba nadie.
-Sí, Clara, me contaste veinte veces esa anécdota, pero te recuerdo que según la misma historia a Eric lo dejaron de cargar por la propaganda cuando se enteraron de que había debutado con la profesora de geografía.
-Bueno, pero se van a olvidar igual... Escuchame, no te podés cambiar el nombre, siempre fuimos una familia muy orgullosa. Si papá viviese...
-Mirá, primero fue el mariposón que se quería levantar a Franchella, con eso tuve completito todo el primario... Después la pelotudez esa del desafío de la blancura y el "no-te-te-ne-mos-mie-do". La mierda esa de canal 2 decí que no la veía nadie. Ahora que pensaba que todo había terminado, que a fin la carrarera del energúmeno ese había muerto, ¡el hijo de puta da un manotazo de ahogado comiéndole la boca al puto aquel en el programa de Tinelli! - golpeó la mesa.
Terminado el ofuscado discurso, Fabián Gianolla, el contador de veinticinco años, se acomodó en la silla e intentó serenarse. Clara Gianolla, su hermana cinco años mayor, intentó continuar consolándolo, pero él ya no la escuchaba. Estaba concentrado en el movimiento que comenzaba a ordenar en su mente las piezas de un macabro plan que quizás desde hacía algún tiempo se venían acumulando, pero que repentinamente se proponían encastrar formando una figura seductora, admisible.
El reloj de la recepción marcaba las neuve y diez de la mañana en las oficinas de la emprendedora productora argentina. Era la hora del maquillaje en todos los estudios televisivos del país. Había pasado un mes desde el polémico beso entre el comediante y el transformista. Se especulaba con la reaparición de ese sketch dadas las bajas mediciones de Junio en general. Fabián Gianolla se encontraba en el camarín. El actor cómico practicaba sentado frente al espejo las líneas de su pronta aparición en el programa nocturno que se grabaría esa mañana, al tiempo que su maquillador ensayaba los distintos tonos de pintura. En medio de la repetición de su nueva muletilla se detuvo y le dijo al reflejo de su maquillador:
-Che, pero ¿qué estás haciendo? Esta base no es -hubo un pequeño silencio- sos nuevo, ¿no?
-Uy, sí, disculpame. Ahí te lo arreglo desde el cuello.
-Todo bien, igual falta para grabar. ¿Cómo te llamás?
-Fabián. - contestó suscinto el maquillador mientras guardaba un plumín y buscaba otra cosa en su bolso.
-Ah, tocayo... - dijo el actor, mientras se distraía con un centelleo metálico en el espejo, cerca del comienzo de su máscara facial.
30-07-09
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martes, julio 21, 2009
Cecilia Luccisano, trabajo póstumo de Leonardo
Cinco días después llegaban a Buenos Aires y Miguel había despejado buena parte de sus dudas. Ella no recordaba haber visto el cuadro. Nunca nadie se lo había dicho. En el interior de Catamarca se come mayormente dulce casero. El apellido era italiano pero el parecido venía de su abuela materna que era Jiménez. Ella durmió en su cama unas poquitísimas horas mientras él estuvo toda la noche en el sillón llamando por teléfono. A las dos de la tarde estaban en un departamento de Belgrano. Una mujer delgada y que sudaba nicotina la maquilló y le hizo poner unas telas grisas mientras Miguel hablaba con una joven de anteojos gruesos. La hicieron posar. Unos cuantos flashes, media sonrisa y llegaron los sánguches de miga. Sacaron más fotos y terminó. Comieron. Ocho días después la página cuarenta y nueve de una revista de cinco mil ejemplares titulaba "La Mona Lisa argentina" . La nota, de cuatro columnas cortas, empezaba in media res y a la manera estereotipada de los artículos de interés general:
La Mona Lisa argentina tiene veintiocho años y vive a sesenta y siete kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca.
Las fotos eran bastante malas y era difícil asociarlas al pincel de Da Vinci, pero el rostro era lo suficientemente convincente como para dejar pasar las desavenencias técnicas de montaje y composición. Cobraron quinientos pesos y algunos lectores mandaron simpáticas misivas a la casilla de mail de la publicación. Se arregló otra sesión de fotos más producida a la que asistirían incluso cámaras de televisión. Era para la revista del gran diario argentino y su canal asociado. Esta vez las hojas fueron catorce y quince, y el titulo era "Como de la mano de Leonardo". El artículo empezaba:
La obra maestra de Leonardo tiene veintiocho años y vive a sesenta y siete kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca.
El lunes el noticiero del canal asociado a la revista del gran diario argentino rellenó cuatro minutos de aire con el backstage de la sesión fotográfica e imágenes del artículo, todo acompañado por una voz en off que explicaba el evidente y singular fenómeno. Una agencia internacional de noticias vendió la nota a algunas señales extranjeras, que la bajaron a sus propios diarios, de cuyos sitios la nota fue linkeada en numerosos foros y ventanas de chat. El asombro fue global.
A las tres de la madrugada del día veinte sonó el teléfono de Miguel, que dormía. La mujer vaciló algunos segundos pero finalmente atendió y, aunque al principio escuchó algo sorprendida la voz del otro lado del teléfono, estuvo hablando por media hora. Cuando Miguel despertó no vio ni a la Mona Lisa ni al bolso de lona en donde tenía toda su ropa.
Tapas de revista, reportajes, eventos. Desde su primera visita al Louvre hasta su participación en los premios MTV, todo lo vio. Sabía que el filántropo del arte Constantino Malvón, multimillonario y con buen gusto, para qué negarlo, la había invitado a vivir en su quinta de Pilar. Sabía que tenía un affaire con un importantísimo empresario italiano que había sido relacionado alguna vez con la mafia napolitana. Sabía de la preocupación de sus seguidores por el constante asedio a su vida privada por parte de los papparazzis que, paradójicamente, no paraban de perseguirla a todos lados gracias a la devoción suculenta de noticias de sus fans.
El paso de su departamento al estrellato mundial fue lo suficientemente rápido como para que él ni siquiera llegara a cobrar la plata de la segunda sesión de fotos. Sus manos que habían lucido hasta hacía poco sin vergüenza bijouterie de plástico hoy estaban cubiertas por oro y diamantina. Miguel no sentía rencor pero no podía dejar de repasar en su cabeza negocios perdidos: el precio de cenas con la Gioconda, desfiles en donde participara la Gioconda, propagandas de zapatos, infinitas posibilidades de vender a la Gioconda. En la cima de su delirio empresarial hasta llegaba a preguntarse desesperanzadamente ¿cuánto podría pagar alguien por cogerse a la Gioconda? Casi todas las noches se quedaba haciendo cuentas sin sentido hasta quedarse dormido.
Los historiadores trazaban linajes absurdos y reproducían árboles genealógicos inventados. Todos ellos estaban en desacuerdo y debatían infinitamente sobre el origen de la sangre de las retratadas. Vio un documental por History Channel, el presentador señalaba lo misterioso de la falta de evidencia histórica que enlazara a una mujer con la otra. Un pensador sostenía en otro canal que, en todo caso, lo verdaderamente alarmante consistía en que el universo había dado una prueba inequívoca de su pobreza de elementos; que como mucho había que darle seiscientos años a historia universal para que necesitara acudir a los mismas planos o a que sus vanas combinatorias produzcan resultados idénticos. "Lo que sucede es que si la naturaleza cometió el pisotón cósmico de repetir una mujer -al menos es la única de la que se tiene testimonio- entonces quiere decir que el Cosmos no es tan inabarcable como pensamos." La presentadora asentía con una sonrisa enorme. A él esa finitud le pareció algo terrible.
Podía tratarse de una falacia, otros argumentaban. Lo realmente seguro era que ella es idéntica al cuadro, pero no conocimos a Lisa di Giocondo. Quizás atribuimos más maestría de la que hubo y el retrato de Leonardo no es tan fiel a su retratada. Aún así es perturbador que la tela este ahí, desde hace casi seis siglos, esperando su verdadero modelo. Alguien del panel hizo una pregunta pelotuda y quedo inconclusa hasta la vuelta del corte. Él cambió a TyC.
Probablemente el pico máximo de su fama mundial tuvo lugar cuando a la salida de un evento de alfombra roja un periodista británico le preguntó qué sentía al verse en el cuadro. Mona Lisa, que ya había aprendido un dignísimo inglés contestó grácilmente: "No creo que me parezca demasiado". Ese gesto, que fue tomado por el mundo entero como un acto de modestia sublime y desprendió una sonrisa acaramelada de cada televidente, la puso muy por encima de la princesa de Holanda y de varias actrices, incluso de aquellas que habían adoptado nenes tercermundistas en el último año. Él no percibió ninguna deferencia, pero no faltaban quienes la criticaban.
Esa misma semana, vio por Sony un reportaje cara a cara hecho por un conductor canoso, trajeado, que no paraba de hablar. El periodista norteamericano la indagaba acerca de sus impresiones sobre el mundo del arte y su relación con diversas personalidades que el no conocía. En el videograph se leía "Cecilia Luccisano, actress". El programa estaba subtitulado, pero él, semidormido, no llegaba a leer por completo sus respuestas, presumiblemente en un inglés tímido que dificultaba la tarea del traductor. En un momento entró un tipo barbudo de pelo largo y plateado vestido con una toga, una boina sobre la cabeza y un pincel en la mano. Las risas de fondo lo convencieron de dormirse de una vez.
Esa fue una de las últimas veces que la vio. Aunque continuaba siendo una celebrity, él se cansó (como algunos) y, quizás ya curado del dolor, empezó a evitarla con el control remoto.
Cinco años después, cuando algunos críticos comenzaban a atribuirle rasgos barrocos e incluso manieristas, Mona Lisa cayó enferma y, unos meses más tarde, murió de cáncer. Los funerales duraron varios días, el cuerpo fue embalsamado y aún se decide dónde exponerlo.
El día de su deceso Miguel Rosa salió a la oficina sin mirar el matutino. Cruzaba la segunda cuadra de las nueve que lo separaban de su trabajo y en un puesto de diarios vio la noticia. Leyó atento pero con gesto despreocupado la portada del ejemplar atado y apoyado en la cima de la columna de diarios. Rozaba suavemente las monedas en su bolsillo y repasaba detalles intrascendentes cuando la chica que atendía el kiosco de diarios, con expresión extraviada, le preguntó:
-Disculpame ¿vos sos el de la tele?
20-09-07
Texto leído en medias y sombreros #2
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miércoles, mayo 27, 2009
Llamados
El hombre canoso y arrugado se tranquilizo y bajó la cabeza un segundo para largar un resoplido fuera del tubo. Del otro lado escuchó el sorbido de un moco hacia dentro de una nariz delgada y pequeña. Se extralimitó.
-Disculpame, no tenés la culpa.
-No, disculpame vos, -habló la mujer tratando de disimular la tensión de su laringe constreñida por el llanto que luchaba por ahogar.- Disculpame, te estuve tratando muy fríamente -ya no pudo evitarlo. Lloró.
-Está bien, te perdono, no te preocupes.. Relajate ¿dale? Que te van a ver así y van a hacerte cortar la llamada.
Escuchó un espasmo y más moqueos, la señorita dijo que esperara, que buscaba un pañuelo. Corrió automáticamente el teléfono de la boca. El tubo parecía una sanguijuela bicéfala succionando su oreja y su cuello. Miro el reloj. Cinco y cuarto. Faltaba para la hora de llegada. Escuchó la vibración de las fosas nasales de su alocutaria luchando por sacar de su interior la huella pegajosa de su angustia. Aquí y en otros lados la gripe y la tristeza son cómplices de un grave doble delito semiológico: el parecido de sus manifestaciones ha conducido a las especies a, no sólo considerar al resfrío como un estado desafortunado sino, ya más dolosamente, a aceptar sin reparos que la tristeza es una enfermedad. En términos fisiológicos, asimilamos que una de las funciones del sistema respiratorio es dar pena. La mujer con la que hablaba por teléfono desde hacía unos minutos utilizaba la profesión apelativa de sus secreciones nasales o quizás su organismo sólo consideraba a la culpa como un ataque bacteriológico más.
-¿Estás mejor?
-Sí, dale, sigamos.
-Escuchame bien porque es muy importante. Necesito que te concentres en lo que te voy a pedir. Tenés que seguir todas mis instrucciones. ¿Ok? – un tímido “sí” asediado por corrientes de aire nervioso le llegó al oído. Finalmente había conseguido atención pero los llantos eran más molestos de lo que hubiera preferido. No era el mejor escenario posible pero era lo que había.
“Está bien. Concentrate en no llorar, pero escuchame, escuchame atenta. Voy a contarte cosas, pero primero necesito que hagas algo… ¿Me escuchás?
-Sí, sí. Decime. –se le escuchó entre un espasmo.
-Necesito que marques estos números. ¿Ok?. Cinco… Cuatro… Nueve… Uno… Tres… -entre cada instrucción sonaban los números de la otra, que debía presionar en el teclado.
La madre del chico se levantó del asiento, el chico la siguió con la cooperación que sólo conocen los objetos, aún con la mirada clavada en él, que se la devolvía ahora como encantado. Sonó el timbre. El nene estiró la mano hacia su frente y emitió un sonido nasal rompiendo el intercambio de miradas. Se echó el pelo hacia adelante y sintió calor en el pecho. Al llevarse una mano al dolor notó que estaba sangrando. Nervioso, se apuró para bajar a los saltos antes de que el transporte arrancara. Respiró un segundo en la acera mientras se sostenía la herida.
-No me curaron, la concha de su hermana... – susurró.
Revisó los bolsillos de la campera de cuero que llevaba puesta. Documentos falsificados, una billetera con papeles, un dispositivo con los números en su orden primigenio, una aguja, una jeringa, un gorro de material sintético, ningún reactivo. Tampoco alimento. Confirmó lo que temía, era por tiempo esta vez. Apretó los dientes. Se dijo que ya lo había hecho antes. Podría de nuevo.
Se quedó duro unos segundos.
Before you sleep into unconsciousness
I’d like to have another kiss...
La canción salía de su campera. ¿En que bolsillo había guardado de nuevo el aparato?
Another flashing--
Apretó un botón. Cambio la voz.
-En el fondo de la billetera, adelante del dinero. –dijo alguien secamente que se esfumó sin contar con su sorpresa.
Guardó el aparato en el bolsillo de su pecho, del lado derecho, quizás queriendo protegerse. Agarró la billetera y buscó donde le dijeron. Sacó dos cuadraditos de papel doblado. Abrió el primero. El pulso de su cuello se aceleró y sintió una puntada cerca del lugar de la herida, testimonio de que la lesión que le causaron había complicado un nervio. En sus manos tenía una foto de espaldas del bebé del colectivo, sin dudas: misma ropa, misma postura, aunque desde el ángulo inverso. Ángulo que bastaba para dejar ver el rostro de la madre que lo cargaba. La madre que tocó el timbre y él ahora intentaba adivinar si se había ido para el este o para el oeste, si sería informante o víctima.
“Como te decía, este punto no es el que me irrita. No me parece escandalosamente inapropiado tal nivel de detalle. Lo que me aterra y me desespera es que quien haya dispuesto mi travesía me haya condenado a visitar todos esos mundos jerárquicamente. De uno a otro, por la mínima diferencia. Exacto. El color de una baldosa. El número de un boleto. La duración de una vocal. Como imaginarás recorrí infinitos mundos para llegar a este teléfono. De hecho esta no es la primera vez que hablamos. Pero no soy un esclavo absoluto de la voluntad de los detalles. De hecho esta combinación de acciones es la primera que me permite llegar hasta este punto. Y si no me equivoco va a ser la última.
-Informante… –masculló- la puta que te parió.
-El número…
-¡Decime, mierda!
-Tiene que hacer que el chico lo escriba en la máquina… Después… - Sacó del piloto de la madre un cuchillo y se lo alcanzó. Era mejor que un revólver sin balas. El informante dio un grito de dolor y desapareció. Se rindió rápidamente, de dónde vendría... Dejó el cuerpo tirado y levantó la cabeza. El niño seguía en la misma posición, con la misma cándida mirada. Le sonrió. La criatura se mantuvo idéntica.
Repentinamente un dolor quebró sus piernas, cayo al suelo, junto al chico. Se esforzó en respirar. Abrió sus brazos, aleteó en el suelo. El dolor se mantenía, supo que tenía poco tiempo. Mejor usarlo bien. “Bebé, si tuviera gel de control ya te estaría haciendo ingresar el código con las orejas…” se dijo a sí mismo. Lamentaba no contar con el equipo adecuado. Sacó el aparato del bolsillo derecho. Se lo extendió al infante silencioso.
-Esto es un juego. Vas a tener que hacerlo bien en serio. -hizo fuerza para decirlo en voz alta, aunque bastara con la intención – Cuatro, cinco, cuatro… tres… uno… cero… cero…
El pequeño lo miraba maravillado y abandonado.
”Querida, necesito que aprietes cero-cero-dos.
Sonó el discado. Le siguieron unos segundos de silencio solitario hasta que la puerta se abrió. Las uñas pintadas soltaron el tubo que se quedó colgado en su muslo izquierdo, como una sanguijuela embozada que refrescase sus entrañas con un nuevo huésped. Un hombre con un ojo en la frente, vistiendo campera de cuero y empapado de sangre hasta las rodillas, empuñaba su cuchillo hacia ella. Ambos quedaron paralizados un instante por el desconcierto. El rostro tríclope estaba absorto, soltó el puñal y buscaba en sus ropas.
-No puede ser. Si los números estaban bien…
En sus manos apretó la fotografía de un hombre canoso, arrugado, inmóvil, eterno.
16-05-09
texto leído en medias y sombreros #4
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miércoles, abril 22, 2009
jueves, marzo 12, 2009
Nota sobre el exterminio de hormigas
12-03-09
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martes, diciembre 30, 2008
Que la rockee
un cuento que la rockee
que sude la gota del barrio
por los poros de adoquín
estúpidas figuras retóricas
celebradas como punteos de guitarra
calladas por los fans
soy un narrador punk
les vengo a escupir el ojete
ya pueden empezar a silbar
si no te gusta jodete
aca vengo a desafinar
duro como el cemento
la cosas que ya pensás
voy a ser la última cerveza
la que te haga quebrar
o mejor la patada en el culo
que te raje de este bar
te quiero limar el tacho, puto
te quiero descerebrar
vas a bajonearte este texto
como mantecol y seven-up
te cago a entramadas limpias
te parto la cabeza sin lubricar
te narro de las orejas con ganas
con las últimas dos frases te hago eyacular
30-12-08
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miércoles, octubre 22, 2008
Trampas
-La trampa era fácil, antes de que lleguen yo marqué una carta del mazo. Ustedes que no son tan giles lo notaron enseguida, pero como era un cinco de bastos no hicieron problema y me dejaron jugar. Se habrán dado cuenta cómo todas las ruedas que me tocó mezclar me serví maliciosamente el cinco de palo y seguro se habrán reído con sorna. No levantaron la perdiz para contar con una ventaja, pero a Danielito lo tuve que patear para que se quedara callado. Ustedes miraban mis cartas sobre la mesa a ver si me había repartido la carta marcada una ronda más, la veían y pensaban en lo gil que era mientras le pasaba a Daniel los anchos y los sietes. Nada muy elaborado, el desconcierto ante lo que esperaban que hiciera los distrajo de lo que en realidad estaba haciendo.
"Hay una anécdota muy conocida que ilustra lo mismo. En una de las aduanas de la triple frontera un paisano pasa con una carretilla llena de paja. Los agentes vierten todo el contenido y al no encontrar nada lo dejan pasar. Al día siguiente inspeccionan la carretilla y de nuevo está limpia. Tercer día consecutivo, mismo procedimiento (cada vez más minucioso), pero como tampoco le encuentran objeto de contrabando lo dejan seguir su ruta. Lo mismo pasa al cuarto día y al día que le sigue. Los agentes sospechan que el hombre les apuesta al cansancio; un día no lo van a revisar más y a partir de entonces va a empezar a pasar mercadería. Eso no sucede, día tras día pasa el amigo con la carretilla llena de paja y nada más. Incluso no se lo revisa un par de veces como para hacerlo pisar el palito, pero al día siguiente tampoco encuentran producto con el que incriminarlo. Así pasan los años y las pesquisas hasta que el buen hombre un día se muere de viejo. Ahora le pregunto a ustedes, ¿qué contrabandeaba?
Los otros tres lo miraron un rato mientras el narrador les servía cerveza.
-Simplísimo –concluyó-: carretillas.
La historia pareció ahuyentar la bronca por el descubrimiento de la treta, pero al mismo tiempo encendió la envidia de su mano, quien divertido y molesto por no haber adivinado, le retrucó:
-Esa versión criolla de "La carta robada" estuvo linda aunque no tuviese nada que ver con lo que nos boludeaste, pero si pensás que a nosotros dos nos vas a borrar de la memoria tu picardía con un cuento tan flojo estás equivocado. El que voy a contar no solamente va a hacerles olvidar hasta a ustedes la mula sino que además los va a dejar aturdidos y nos van a regalar el partido.
Pablo volvió de la cocina con un vaso grande lleno de fernet y un limón. El otro sorbió y empezó:
-Un pibe pongámosle de veintipico de años. Mitad de la carrera, trabajo de 6 horitas en una oficina, vive con los viejos. Su hermano más grande, profesional él, vive solo. Una vuelta se va a un congreso en México y le pide al hermanito que le cuide el departamento. Los hermanos se tienen confianza, y aunque le da algunas recomendaciones particulares de quien conoce bien las manías de su propio hogar (la pileta de la cocina que se tapa de nada, el horno que no funciona, abrite el agua del lavatorio para que llegue la caliente a la ducha, etcétera) no le hace mayores advertencias. El hermanito se instala y conoce los vicios de los papeles tirados por toda la casa y el alcohol cuando el sol todavía no se puso. En los estantes no hay azúcar ni galletitas, pero por toda la casa hay varias botellas de bebida cuya imperturbabilidad no se exigió en ningún momento.
"Al cuarto día se empina la historia: a eso de la una de la mañana suena el timbre. El joven casero lo ignora pensando en algún borracho o ladrón. Sabrá más tarde que ha dado en el blanco. Continúan los timbrazos así que atiende por el eléctrico. Una voz gruesa de mujer le contesta. "Ramiro abrime" le grita "soy yo". "Ramiro está de viaje, soy el hermano" la corta secamente desde arriba. "No me jodas, Rami, dejame pasar" insisten. El hermanito reitera la explicación con un poco más de vehemencia. No hay respuesta.
"Vuelve a la cama, pero antes de acostarse golpean la puerta. La misma voz del portero gritando el nombre de su hermano está pidiendo que le abran. Nuestro señor, sin saber si detrás de la puerta se encuentra Leonor o el cuervo, duda. No puede dejarla seguir gritando en la puerta, si es amiga de su hermano escandalizará a los vecinos. Sopesa: si miente puede someterla, es una mujer. Conjetura: si tiene una pistola sería lo mismo dejarla del otro lado de la puerta. Concluye: el único peligro entonces es que lleve un arma blanca. Refuta: en todo caso podría ponerse cerca de la puerta que da a la cocina como para correr en busca de un cuchillo, ella no podría tener una hoja más grande que las de que dispone, argumenta. Tras un silencio considerable abre la puerta. La mina es una morocha fantástica, de las que sabés que te podés empachar. Ni bien pasa le entra a dar con un mambo sobre un tipo. Habla como borracha y se le hunde en los brazos llorando. Los hermanos se parecen mucho y a nuestro amigo le parece verosímil que la visitante lo confunda con Ramiro. Para cuando ensaya reformular la explicación que le dio antes; la morocha ya le está reedificando la boca. La soledad de los cuatro días encerrado en el departamento le bastan para dejarla interpretar lo que quiera.
"Después de unas horas de ejercicio la mina sigue con la historia del macho y otros cuentos desarticulados por el habla beoda. Ella está pobre y le agradece la noche en su casa; no podía quedarse en lo de aquél. Le habla de un montón de cosas, de su San Pedro natal, del trabajo de moza en un bar, de las amigas que la dejaron de garpe, de malos negocios con unos pesados, de una cartera que se olvidó en el subte. Le dice que haría lo que fuera por él. En un lance patético le recuerda la noche que se conocieron y él se hace el sota, no falta decir que habla lo menos posible para no embarrar. Se quedan dormidos.
"A la mañana siguiente la morocha no está. La pieza está medio revuelta y encuentra el motivo sobre la cómoda: la billetera que había guardado en un cajón está ahí abierta y sin un peso. No la culpa pero le preocupa que se haya puesto a mirar la cédula. Satisfecho por la noche anterior, busca en el horno una sartén que no sea pura quemadura de milanesa y se prepara una tortilla de queso y huevo para comer antes de ir a trabajar. Una hora después con los retardos esperables se va para la oficina. A la noche sin sorpresa...
-Eh, chabón -lo interrumpió su contrincante- no me das respiro, ¿ya me pasas del mediodía a la noche?
-Mirá, a nadie se le ocurrió contar las estrellas de tus noches de aduana y por la misma irrelevancia a nadie le importa una tarde de oficina. Pero si querés te comento que tengo buenas fuentes que certifican que sus trabajos de cadete incluyeron tres visitas al banco, dos cafés al capo y veinticinco viajes a la fotocopiadora.
-Me basta. Ahora sí dejalo descansar al hermanito.
El narrador echó un poco de limón al fernet y apenas se secó los jugos cítricos de las manos en el pantalón. Siguió:
-Decía que a la noche sintió el timbrazo que esperaba. Subió la morocha ahora de entrada y ni bien pasó se sentó en el sillón del living. Esta vez estaba calladita, pero se la veía entonada como la víspera. Con una media sonrisa entre los rulos que le tapaban la cara cazó una botella de José Cuervo que había en el aparador. El pibe le devuelve la sonrisa y va a buscar a la cocina un shot. Cuando vuelve, la morocha, con la mirada fija en los ojos del otro, desliza el pico dorado de la botella por abajo de la mini... Te cuento estos detalles porque sé que a Danielito le gustan, eh... La flaca levanta una ceja y le estira la botella. El pibe en la gloria le da un sorbo y se lanza al otro pico, pero ahí nomás la morocha le corta la maniobra, lo da vuelta y arriba del sillón se lo mueve (porque es clarísimo que ella se lo mueve a él). Agotado por la viava el muchacho se queda dormido. Otra vez se despierta solo a la mañana. Como lo que pasa dos veces solamente puede sorprendernos cuando la naturaleza del hecho nunca ha sido soñada, el pibe, vanidoso, ya considera este abuso rutina; y como su billetera desde la tarde está vacía ni revisa la cómoda. Va derecho a preparar su vianda y con ternura descubre que la mina le lavó los platos y varias ollas. Mientras se escurren los enseres, prepara un sanguchito de pollo y saborea otro vicio de la vida solitaria, pero no tanto.
"La misma noche se le bajan un poco los humos al winner porque el timbre no suena, pero como fue viernes y trabajó toda la semana, más los trotes a los que lo sometió la bruneta, se queda dormido casi sin darse cuenta para soñar con una quinta bonaerense y ropa sin planchar.
-Apurate master que todavía vamos catorce malas a cinco buenas, eh. –lo interrumpe el compañero.
-No camorrees que vos ya tuviste la chance. Además a tu co-equiper y al mío les está gustando el cuentito, ¿no?
Pablo asintió sonriendo, agregó fernet y coca al vaso. El otro hizo una pausa para agregar limón y prosiguió:
-Bueno, se despierta el maestro a las once del sábado y mordisquea una pata de pollo que le sobró. Aprovecha la tranquilidad para ponerse a leer un poco para la facultad. Buscando donde tomar apuntes entre los papeles del hermano encuentra una nota de la morocha escrita del otro lado de un mail impreso con un membrete raro de un águila y una serpiente. El mensaje dice lacónicamente: "Disculpame por la plata que te saqué". Conmovido por la delicadeza de la mujer carenciada se guarda el papel en un cuaderno. Piensa toda la tarde en ella, apenas puede tocar los apuntes.
"El domingo se le acaba la joda. Vuelve el hermano y ni una palabra. En gratitud por el recíproco favor se van a tomar una cerveza juntos a un barcito ahí nomás. El mayor insiste en detalles sobre los días de soledad, el menor quiere sonsacar anécdotas del viaje del otro. Después de la cuarta rubia piden la cuenta y para cobrarles se les acerca la morocha de los días infernales. El joven ve cerca un final incómodo. Pero sorprendentemente no nota en su hermano el más leve brillo en la mirada, ni un cambio en la expresión de la cara al observar a la moza de rulos negros. Lo mismo la mina, que no lo reconoce a él y a los diez minutos trae el vuelto. Aunque intrigado por la falta de desenmascaramiento, nuestro protagonista no puede hacer nada porque saldría perdiendo, así que sin chistar se retira con el mayor, quien cinco días más tarde, después de unos llamados raros, aparece suicidado en su propia casa.
La última frase cortó el sorbo que le daba Daniel al vaso.
-¿Y? ¿Qué me dicen? -desafía el narrador.
Las gargantas subieron y bajaron cerveza un rato hasta que Andrés, entre risas, le largó al matador:
-Simplísimo, Manucho. El hermano andaba metido en cosas raras con los mejicanos, lo del congreso era pura chantada. La carta con membrete habla de un negocio y las botellas de Cuervo Dorado quizás algún regalo por congraciarse con gente de guita. A la mina la manda alguien, probablemente mafioso rival de los mejicotes. Se presenta al departamento haciéndose pasar por borracha para que el mayor pique, con tanta buena suerte que se cruza con uno que también está dispuesto a hacerse pasar por otro. La primera noche le trata de sacar información, entre todos los chamuyos le tira un anzuelo sobre unos empresarios importantes, pero el pibe que no sabe nada se queda callado. A la mañana siguiente, antes de que se levante, le revisa todo; ahí descubre que el pibe no es el que busca y se va con una calentura que ni te cuento. Eso sí, le roba unos pesos para que no desconfíe. En su corta ausencia trama un plan. Como él no sabe nada y se lo ve confiado, le va a poner una droga a la bebida para que se duerma como un tronco y así poder revisar el departamento tranquila. Para que el pendex no se de cuenta (y para dejar una buena impresión, quizás) se entrega una vez más para pretextar el cansancio. Ahora sí revisa a sus anchas y se da cuenta revolviendo un poco que el horno está lleno de bártulos y los estantes están vacíos. Revisa el horno, cuyo uso el mayor había prohibido, y ahí encuentra lo que busca (plata, droga, joyas, no importa). Como toque irónico deja la nota que el pibe encuentra el sábado y que le escurre el corazón, pobrecito. A los pocos días de la vuelta el hermano se aviva de la falta de lo que guardara esa cocina endiablada y lo persigue con amenazas al hermano, que no sabe nada. Como cree (ciertamente) en la inocencia de su hermanito y no puede responder ante los mejicanos, se mata en el departamento que vendría a reemplazar a mi aduana y fin de la historia. ¿No es así?
Mientras se tomaba el fondito del fernando, Manuel se palpó los bolsillos en busca del paquete de puchos y sacó ceremoniosamente un largo. Frente a la mueca triunfal de su rival todavía expectante le devolvió el canto:
-Así sería si el truco fuera tan malo como el de tu cinco de bastos, pero te comiste un pedazo de la fábula. A ver si te lo aclaro con este breve epílogo. Un mes después en otra esquina de tu querido San Telmo tenemos a la morocha con la jeta hinchada tomándose una ginebra. Mientras cuenta las monedas a ver si le alcanza para una Quilmes de litro se le acerca un joven de cuello blanco y corbata suelta, y sin decir una palabra le deja una estampita arriba de la barra. Cuando el extraño se levanta y se va, la mina acerca desganada el papelito, con la efigie de San Pedro, y en el reverso lee: "Lástima que nunca te quedaste a comer".
Los tres estiraron el cuello esperando la resolución que nunca rompió el silencio y mientras les sostenía la mirada, Manuel mezclaba la baraja palpando un doblez imperceptible, quizás contando las puntas con el pulgar seco y pegajoso de limón.
11-10-08
Texto leído en medias y sombreros #3
Publicadas por
chicoverde
a la/s
7:41 p.m.
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