Quizás el tren continue sacudiendo el suelo religiosamente cada veinte minutos.
Puede que el mismo rayo de sol crepuscular insista en entrar por esa ventana sin cortinas.
También es factible que los vecinos de arriba sigan escuchando aquel disco de pasta de Serrat.
Y hasta estimo muy probable que quien viva ahí por estos días no haya tirado ni una de las sábanas que dejé tapando los muebles (esas sábanas, las mismas con las que te cubriste tan poco).
¿Pero qué importan todos esos detalles esquemáticos, qué sentido tiene tal decorado urbano, que interés puede despertar esa confluencia de imágenes mundanas ahora que no está tu torso serpenteando por el piso frío?
Con frecuencia me detengo a pensar en el viejo departamento de la calle Pedernera. No hay baldosa ni rincón de mi recuerdo que no esté tapado por tu pelo oscuro, tu vientre almidonado, acaso un borde de tu seno manchado por mi pincel.
¡Acá! ¡Allá! Dormida, levantada, retorcida, estirada, por todas partes emplazada. De un solo segundo de memoria extraigo veinte, treinta versiones distintas de tu cuerpo yacente. Después del extasis solamente podía tenerte ahí tirada. Mujer necia, caprichosa, ni hablarte de llevarte a la cama; hasta medio dormida te negabas. Te lo agradezco, no vi jamás mujeres más hermosas como las que fuistes entregada al sueño o al bostezo entre las telas y pinceles de mi estudio.
Sin dudas ese departamento puede permanecer idéntico, pero para mí se devaluó terriblemente.
25-10-06
(imagen: Lau D)


