viernes, abril 21, 2006

Demente

"¡Demente!" dijeron de David Dominguez, director del diario del domingo de Dolores. Debieron demostrar desagrado de desechar dicho diablo de ''Donostia'', depósito de dementes, después de devolverle dones, dosificarle drogas, desatarle desdichas, digerirle desaires, destrabarle dolencias durante doscientos dieciséis días.

"Debemos dispensarle duro dictamen donde dejemos designadas distinguidas diabluras de diferentes delincuentes, demostrando dicha decencia desmerecida, desvista, desterrada, desde décadas derrotistas" dijeron distinguidos diputados derechistas, decididamente.

David Dominguez, despojado, desamparado, desolado, del depósito de dementes desalojado, debe destino de dignamente declarado decente. Deliberadamente desocializado, despojado de dinero, de derechos; duerme despreocupado donde dejanlo descansar.

Del diario debieron despedirlo dados diferentes dogmas dioscesanos. Declarado destructor de decrépitos demonios, detectó diablillos, declaran; derritió duendes, declaman; deliró del divino deleite dispensado de dichas devotas destrezas, deducen.
Dicen dispensaba dinero del diario, debitado durante dionisiacos domingos. Durante dichos disfrutaba de damas deliciosas de dientes dorados (divas deseadas durante descansos). Desgraciadamente dejó divulgar demasiados detalles, dijeron de David deshonras difamantes, devinieron despido definitivo, desmoralizante.

"¡Debió detener dicho delincuente desempeño, doctor Donizetti!" dijo Dora Dumont, dueña del diario del domingo de Dolores.

-Demasiados desvaríos dejaron despacharsele, debieron dictaminar dichos delitos después- dirimió defectuosamente Diego Donizetti.

Durante dias decretó dolor David, dispuesto, divino, dulcemente destruido, después de deliberarlo decidió declararse demente, dejando derechos de dolorense digno.

Deshoras dilatáronse... Dificilmente David Dominguez diferencie, después de díscolos días de desertor, descenlaces diáfanos de deprimentes. Definitivamente deja detrás ''Donostía'', depósito de dementes.

02-02-04 (sigo reeditando hits)

miércoles, abril 19, 2006

Esclavismo en Saura

En el país de Saura, los príncipes cuentan con un medio muy eficaz para conseguir el esfuerzo máximo de todos sus esclavos. Cuando se delega una partida de siervos a una tarea forzosa (cosecha, construcción, minería) se establece una jerarquía vertical perfecta, en la cual cada súbdito tiene a su merced a otro. Este orden inmenso entre ellos se cumple al punto que nadie comparte la misma relación con el poder haciendo que todas las situaciones laborales sean únicas: cada esclavo es patrón y sumiso y ocupa un preciso lugar en la escala.

El sistema funciona casi de maravilla, las situaciones de trabajo son tan variadas que no hay posibilidad de sublevación y los objetivos se cumplen a rajatabla puesto que se vigilan con recelo. No hay necesidad de tener guardias libres contratados para azotarlos, su control ha demostrado ser el más eficiente. Lo que resulta más llamativo para los visires eruditos es justamente la ferocidad con que los esclavos escarmientan a sus inferiores, ya que ni un leve asomo de empatía se deja ver en ellos, sólo piensan en descargar violentamente la ira que les da el castigo de sus superiores. Los príncipes, igualmente, no dejan de introducir pequeñas variantes intentando solucionar el único problema de este método: el último eslabón de la cadena. El Mártir, como lo han dado en llamar los sabios, es el único esclavo que no tiene a ningún otro bajo su yugo, el estrato más bajo de la partida. Éste, indefectiblemente, aparece suicidado a las pocas semanas de trabajo.

La baja constante en la mano de obra es el quid de todos los escritos económicos de Saura y, hasta ahora, nadie ha logrado resolverlo. Una novedosa sugerencia del fakir Daromis logró rebajar el impacto de este problema en los emprendimientos del reino, al imponer un régimen de trabajos extra para el encargado del Mártir si es que este pierde la vida y debe tomar su lugar. De esta forma, se aprovecha muchísimo más la vida útil de los Mártires y el ritmo de trabajo se ve menos afectado por el debilitamiento de las fuerzas productivas. Por otra parte, en las partidas laborales más grandes, se está probando en la actualidad la formación de jerarquías circulares, donde el Mártir toma a su cargo al primer esclavo en la escala (quien en el sistema vertical no es mandado por ningún esclavo, sino por el funcionario encargado de la obra). Este sistema demostró tener una tasa de suicidios muchísimo menor, pero ya han habido tres casos de amotinamiento y posterior matanza en grupos así formados. Los teóricos del trabajo aún no saben a que atribuirlos, pero las perspectivas de transformar este mecanismo en el hegemónico son escasas. Por el momento los príncipes de Saura deberán seguir sometiéndose al escarnio del Sultan, quien exige la pronta solución de este conflicto.

03-02-06

domingo, abril 09, 2006

Discapacitados

Un texto viejo.



Rafael caminaba la calle como no pocos podían hacerlo a diario, pero sin duda tampoco eran muchos ya que su conducta en las aceras llamaba la atención no se sabía bien porqué. Es decir, caminaba como cualquiera, pero si te lo cruzabas por Laprida e ibas chino te dabas cuenta que era Rafael por como flotaban esas suelas largas sobre las baldosas milimetradas de la principal lomense. Las pocas veces que lo vi en su casa andaba como cualquier hijo de vecino, en boxer y con las patas sueltas, pero por la calle todo el mundo lo notaba. No es que estirara las piernas ni que moviera brazo y pie derecho juntos, o arrastrara un zapato atrás del otro, nada que ver. Caminaba igual pero diferente. Por un tiempo pensé que era mi impresión únicamente, hasta que le pregunté a los demás y completando con una improvisada encuesta callejera ratificamos lo supuesto: sí, efectivamente, caminaba diferente pero igual. Dos de los chicos lo adjudicaban a su cara de boludazo. Las chicas lo referían a su físico lungo.

Para mí no era nada de eso, aunque fuera flaquísimo, midiera un metro noventa y la cara de salame no se podía negar. Lo de la encuesta había sido necesario porque todos nosotros eramos un cuelgue con patas y teniamos un sentido de la realidad que venía mal de fábrica, que nos encargamos de abollar con el porro y de potenciar con la junta. Rafa era el sanito del grupo, el que no caía en absurdos paroxismos de sus patologías para llamar la atención. Por eso me obsesionaba ese detalle, el normal era el más honesto en su rareza. ¿Qué hacía? ¿Jugaba con los caminos? ¿Saltaba baldosas disimuladamente? ¿Rompía inocente el ritmo de su caminata con un paso en falso? ¿Era víctima de una impredecible treta de sus pieses? ¿O era cómplice? Yo era un mar de enfermedades de ese estilo por esa época y admito que lo invité a tomar más de una cerveza sólo para llegar más temprano que él y observarlo minuciosamente cruzar Boedo, tratando de descubrir un desliz, una anomalía. En vano, su andar era un puntillismo, individualmente eran pasos, a la distancia era una obra de arte. Sólo se podía mirar la imagen de lejos y sentir ese no se qué del que dependemos cada vez más para designar. Y en eso pensaba mientras llegaba y se iba el mozo, volvía con la botella y se volvía a ir dejando sin cambio por darle propina y cargando con las palabras de Rafa a las cuales respondía pobremente, turbado como estaba.

Como todas mis neurosis se me fue pasando lo de mi amigo y poco a poco lo volví a ver como una persona normal que caminaba especial, pero común. Con el asunto del traslado lo dejé de ver y esa cuestión motriz quedó estática por un tiempo largo, y bien plantadita como estaba en la fértil tierra de mi inconciente hoy la vengo a encontrar. No sé si es porque a la distancia los puntos hacen la imagen, pero a diez años de no saber nada de él resolví el misterio: a Rafa le faltaban las piernas. A nosotros, al parecer, todo lo demás.


06-06-05

jueves, abril 06, 2006

Él está solo y tiembla

Él te intuyó por el peso del aire
te sospecho cuando tu amigo
te reconoció bajo tus tres disfraces.

Él eligió la izquierda
cuando vos la derecha.
Te vio subir la escalera,
te esquivó en la puerta.

Se escondió atrás de un diario
regalándote un vagón,
tanto le sudaban las manos.

Vos lo viste y lo mataste,
lo transformaste,
lo llamaste,
sus poderes le robaste.

Él lee revistas y libros,
compra caramelos, palitos.

Él saca boletos de ida y vuelta
toma trenes
toma subtes
toma cafés dulces.

Él saca fotocopias
camina cuadras
dibuja con fibras
duerme plazas.

Él cristaliza recuerdos
viaja en colectivos
te mira en sueños.

Él sube escaleras
las baja
transpira
lamenta.

Él está solo y tiembla.
Vos sos la nube,
no la tormenta.


05-04-06

lunes, abril 03, 2006

Más obscenidades

Segundo adelanto de un texto asqueroso que todavía no convence.


Para Lucio, Venecia era simplemente muy puta. Ella lo consideraba de otra forma, naturalmente. Se veía a sí misma como una devota de las pijas y las conchas, una mártir que en vez de besar leprosos se abnegaba al cuidado de los sexos. Su vida era difundir la noticia del buen coger, propagar el clímax entre sus fieles, bregar por la plenitud de los cuerpos. Trascendía la excitación, se sentía obligada por una tarea divina. Antes del servicio sexual explicaba a sus iniciados que ella no cogía, ni culeaba, ni garchaba, ni fifaba, ni curtía, ni empomaba, ella hacía el amor. "Más precisamente -aclaraba- lo reparto". Con frecuencia se echaba sábanas encima mientras tenía sexo y se imaginaba vistiendo hábitos blanquícimos. En su mundo, los gemidos eran plegarias y las pijas sacramentos.La familia de Venecia se encargaba de mantenerla con tal de ahorrarse su presencia en el piso de Belgrano R. Con la buena suma que le pasaban sus papás ella alquilaba un rudimentario departamente en Caballito y se las arreglaba para vivir bien sin trabajar. Sus horas se iban entre erráticos paseos por el centro alerta ante la posible aparición de un alma en pena a la cual aliviar. Cuando trataba de "convertir" (tal la palabra que le encantaba utilizar para designar su labor) a alguien trataba de ser directa. No se valía de las sutiles palabras, tan comunes en otros evangelizadores. Su estilo era lascivo, sucio, prepotente, quizás único.Cuando recién había concebido la idea de su prole, Lucio había visto en ella a la candidata ideal para alojar su esperma. La beata del buen coger no se negó a su propuesta y durante dos meses provocaron el embarazo con hasta cinco sesiones diarias de catecismo vaginal. Lucio no estaba especialmente interesado en ella. Había sido hacía cuatro años, durante la época cuando todavía tenía sexo, pero ya desconfiaba del genero humano. En cambio Venecia estaba infernalmente atraída hacia Lucio. Se encontraba obsesionada con su cuerpo estoico y su actitud indiferente hacia sus dones amatorios. Le clavaba las uñas, lo mordía, le gritaba, lo empujaba y él no decía ni hacía absolutamente nada, proseguía impecable con su ritmo metronómico la melodía del coito. Asediando su concha rabiosa a sangre fría.A los dos meses Lucio se cansó de Venecia. Se convenció de que estaba loca y le pidió que abortara. Ni siquiera sabían si estaba embarazada o no, pero igual ella aceptó. Lucio nunca se enteró por cual de las dos razones no tuvo un hijo suyo. Desde entonces ella lo persigue y quiere traerlo de nuevo a su rebaño, tentándolo con su estilo visceral y agresivo. Lucio sigue pensando que Venecia simplemente es muy puta y no puede dejar de verla como un obstáculo.

domingo, abril 02, 2006

A mis queridos lectores imaginarios:

Gracias por acompañarme día a día en este blog. Si no fuera por ustedes no escribiría nada.

Atte. un buscón menopáusico Ezequiel.

martes, marzo 21, 2006

Astronauta

-Se llama Roque y trabaja de astronauta.
Así se lo voy a introducir. Se va a reír casi inaudiblemente y le voy a agregar:
-Sus amigos le dicen Roque Rocket, pero en realidad se apellida Galíndez.
Ahí sí se va a reír fuerte, justo cuando las demás personas del café noten al muñequito sobre la mesa.

A Lorena le cuesta soltar la risa, como si la llevase con correa; pero no se puede resistir a dos chistes tan pegados. Ella sabe que yo sé que funciona de esa manera, que esa es la táctica para verla reír. A ella le gusta que yo la divierta y a mí me gusta divertirla. Funcionamos a risa nosotros. Es con el lenguaje que mejor nos entendemos, el que más disfrutamos.

Hace ya unos meses que no podemos abordar temas sin chistes, nos resulta imposible mantener la seriedad por mucho tiempo. Empezó cuando me echaron del trabajo a mitad de año. Entonces fui a su casa para recibir el apoyo que merecía dada la situación, y apenas puse un pie en su casa me dijo que me habían echado, que se me notaba porque caminaba como una torpe imitación de Chaplin. Yo le dije que no me causaba gracia, me senté en el cordón y hundí la cara entre las rodillas mientras me sostenía los cachetes con las manos. Instantáneamente ella desató su carcajada más profunda.

Y después el cumpleaños de Margarita, yo llegando tarde con un Jack en proceso de descomposición y unas monedas de chocolate; justificando mi retraso diciendo que había tenido que rescatar a mi amigo Hijitus de un barquillo pirata. Margarita no entendía esas bromas, pero se había reido exageradamente ese día. Sospecho que sólo porque quería caerle bien al Ruso, que era muy amigo mío y hacía unas semanas había terminado con la novia.

Más allá de eso, nuestro afán por evadir las palabras no se limitaba a la técnica del humor nada más. También habíamos desarrollado con el tiempo la estratagema del silencio; que consistía básicamente en sostener una charla efímera, sin ningún contenido importante y casi librada al azar, hasta que los dos nos callábamos repentinamente y nos limitábamos a mirarnos abriendo bien los ojos. Este sabotaje a la lengua se sostenía por cantidades inverosímiles de tiempo y por lo general lo teníamos que dejar en tablas cuando el mozo se acercaba a cobrarnos. O, si estábamos en casa de alguno de los dos, cuando un familiar circundante nos preguntaba si andaba todo bien.

Con Margarita ni siquiera sugerí estos juegos. Aunque estoy seguro que eso la hubiera satisfecho; resultaba obvio que si ella hacía todo lo que hacía era por celos a Lorena. Yo, en cambio, lo hacía por el vacío que me inundaba el pecho cada vez que Lore hablaba y no hablaba, por una extraña certeza que tenía desde el principio, la sensación de que no ibamos a durar mucho.

El Ruso, en varias ocasiones testigo de nuestras no-conversaciones, me comentó una vez cuánto admiraba que Lorena y yo pudiéramos evitar tanto las discusiones, que resultaba increíble que no nos peleáramos. Yo callé y otorgué, porque al Ruso lo quiero pero sé que hay cosas que aunque me empeñe en explicarle no va a entender nunca. Pero a pesar de lo que opine mi amigo eslavo, el playmobil está adentro de mi mochila esperando para que yo lo saque y le diga a Lorena: "Se llama Roque y trabaja de astronauta". Esperando para oír con sus oídos nunca pintados la risa muda y la risa fuerte de Lorena. Esperando que ella lo guarde en su cartera, que yo termine de no hablarle para que se lo lleve y lo ponga en su biblioteca de pino, de espaldas a los dos tomos de A P o apoyado contra un libro de Porrúa, que son más anchos que los demás y por eso sobresalen de la fila de libros.

A su vez Lorena estará esperando que yo tenga no uno, si no dos chistes buenos para poder explicarle todo, porque con la estratagema del silencio no va a alcanzar esta vez. Tampoco podría cambiar monedas de chocolate por su valor correspondiente en besos (1 a 100), ni mucho menos contar con la ayuda de un mozo salvador que nos inste a dejar el encuentro en tablas.

Yo, por mi parte, me libro a la suerte de Roque Galíndez. Espero que él, con su casco de astronauta y sus facciones en serie, pueda expresar mejor que yo y mi pobre materia verbal lo alejado que me siento, que no quise lastimarla y que si no quiere volver a verme sobre la faz de la Tierra, yo estoy dispuesto a despegar.

23-09-05

miércoles, marzo 15, 2006

Ausencia

(el único poema propio que me gusta)

Tengo roto el verso
el verso terco
de mi poesía dura
necia
vaga
inmadura.

Tengo sensible
el espíritu lírico
sufrido
olvidado
fútil
maltratado
arrancado
negado
a la fuerza reincorporado.

El genio cohibido
tímido
inhibido
de tanto vivido
enfermo de espanto
queriendo volver
queriendo mover
buscando aguerrido
el viejo encanto.

Tengo una pluma
y la idea hueca
ahogada en recursos
de tinta seca
la toco
la marco
le encuentro la vuelta
en lo más profundo
anuncia esta ausencia.

26-12-05

domingo, marzo 12, 2006

Probabilidades

Este cuento... Resabio de una tarde sin adjetivos. Ojalá les guste.


Las calles se llenaban de paraguas y botas y yo disfrutaba de un clima poético tan sólido, tan digno de la melancolía de cualquier poeta de mala muerte, que no podía evitar pensar todo en clave de lluvia. Era una tormenta sorpresiva, creía haber escuchado en el noticiero que no llovería hasta el jueves. Nosotros estábamos abrazados, friolentos (sobre todo yo, debo reconocerlo), sentados en un escaloncito de la vereda. Aún conservaba el aroma del cardamomo sobrevolando mis dedos de uñas comidas, era la segunda vez que bebía de su boca y reconocí sus labios más húmedos que la vez primera. Recordaba con nitidez los besos chillones del viernes anterior, besos de labios secos, quizás partidos por el frío. Pero húmedos o secos, lo único que me importaba eran los labios de donde venían.

Ella se quejaba del dolor de panza. "Me voy a morir" gemía con violencia. Yo me compadecía del dolor y procuraba curarlo a caricias mientras seguía digiriendo el cine, los libros, el banco en aquel pasaje tan despoblado en pleno microcentro porteño. Estábamos escondidos entre los paseantes, los albañiles de enfrente y los chicos que jugaban a la pelota en esa peatonal fantasma, a tan sólo setenta metros de Corrientes, pero tan lejos, pero tan cerca. Habíamos estado hablando un largo rato y yo ni una caricia, ni un susurro al oído, no por vergüenza si no como si me sintiera culpable por algo que hubiera hecho. Mientras hablábamos de la familia, de Cortázar, de Mastroniani, de los teatros en los que ella ensayaba, de las muestras de la semana próxima, de amigos en común, no pude liberarme de esa extraña sensación.

Ella se quería llevar a su casa a la mas chiquita de los que jugaban al fútbol. A mí me había encantado la subversión con que uno de los nenes había cortado la cinta de "no pasar", arrastrándola en su correría tras el balón. Pero de ahí a llevármelo había una diferencia. La misma diferencia, conjeturo, que inhibía mis potenciales caricias sobre ese banco pequeño, al costado del improvisado potrero y a la sombra de los chaperones edificios porteños. Porque ella lo decía en serio, yo sabía que lo decía en serio. Que si contase con los medios económicos y legales como para hacerse cargo de esa nenita, se la llevaría y la criaría con un amor de madre pocas veces visto en una adolescente de dieciocho años. En cambio a mí me conformaba el placer de ver la cinta de contención romperse; y el niño como añadidura, como complemento agente únicamente. Y en ese momento yo la sentía demasiado ajena a mí, como si perteneciéramos a realidades distintas, aunque superpuestas; como si yo fuera solamente una calcomanía adherida a su verdad. Entonces no podía besarla porque me perturbaba esa distancia de pegamento que nos separaba y nos unía, por más que estuviéramos sentados en el mismo banco, en la misma peatonal fantasma.

Yo recuerdo pocos detalles de la película, lo que prevalece es la sensación de desnudez que me dio el Maestro al revelar humildemente todos los recovecos de su persona. Me sentía espiando el mecanismo secreto de una máquina fascinante y enigmática, a la vez que escuchaba como alguien instruía a un tercero sobre su complejo funcionamiento, sin entender yo demasiado. Casi como si frente a un aparato absurdamente complejo me dijeran: "así opera un actor, aquellas son las bobinas que regulan sus movimientos, ésos los pedales que accionan su locomoción, éste el combustible con el que se pone en marcha". Yo pensaba en ellos como envases retornables de incontables demonios de ficción, divagaba en la sublime unidad simbólico-biológica capaz de prestar el aliento a millones de seres de piedra, y entonces sólo podía atender a la maravilla de tener a uno de ellos a mi lado. Y perdía el ritmo del cinematógrafo y pensaba que mientras yo sólo podía tallar granito durante noches asesinas, la diosa que tenía al lado era capaz de insuflar vida a los pesados golems de materia verbal que yo creara.Creo que cuando las luces se encendieron mi delirio ya se había apagado y entonces sugerí la idea de tomar un café. "El gato negro" se llamaba el lugar, como aquel que atormentaba a Poe. En ese momento pensé que seguramente escribir el cuento fue la mejor solución que encontró el trovador para matar de una vez y para siempre alguna macabra pesadilla felina que debería estar atormentándolo. Y esta idea acudía a mi mente y ponía en juego a la muerte en esta desordenada partida mental. Mis sinapsis, como siempre, me condujeron a lo inevitable: actuar es dar vida, escribir es matar. Quizás esa fuera la diferencia de esa tarde.

El café lo pedí con cardamomo porque los dos sospechamos que eso era lo que olía tan bien en el ambiente. Yo hablaba y me sentía un poco mareado. Escuchaba a duras penas lo que ella decía, hasta que me preguntó si me sentía bien y yo le dije que estaba bárbaro, que me disculpara que pasaba al baño. Subí la escalera pegado a la veranda, abrí la puerta despacio y una vez en el baño, me senté en el inodoro y atajé mi cabeza entre mis manos: la sentía hervir. No sé cuanto tiempo estuve ahí dentro, sólo sé que focalicé mi atención en un rincón que por mugriento disimulaba los pedacitos de veneno para rata que el encargado de limpieza había dejado. "Paradójico, siendo el Gato Negro", pensé. Me lavé la cara y me recuerdo abajo. Ella no estaba, seguro me había imitado y había ido al baño en mi ausencia. Jugaba nerviosamente con la cuchara de su taza de té. Al rato apareció, al verla me sentí más tranquilo, de repente había olvidado mis dilemas sin sentido y el razonamiento de antes me parecía una locura inocente, propia de mi mente obsesiva.

Ella terminó su taza de té, pagué, dejó la propina y nos marchamos. En el colectivo tomé su mano y la llevé encerrada entre las mías como si fuera el más valioso de los tesoros. De hecho, lo era. Había dejado de reparar en esa diferencia inventada durante nuestra conversación en la peatonal oculta del microcentro. Cuando llegamos a Lanús, nos sentamos en un escaloncito de la vereda a esperar mi colectivo y probé su boca por segunda vez. Su beso era inexplicablemente más húmedo, quizás también un dejo amargo del café lo acompañaba.

"Me voy a morir" dijo ella. "Me duele la panza", explicó. Yo procuraba calmar su dolor con caricias mientras digería la noche. Besaba su boca amarga, olía mis manos de cardamomo y volvía a perderme en su don de animadora y mi estigma de asesino. Mi condena, la necesidad de crear y la sola posibilidad de matar. Matar lo que es, al tallar en piedra lo que no es. Su cuerpo dadivoso, picante como el cardamomo, en contraste con mi lenguaje tóxico, amargo como veneno de rata. Ella dándome algo de vida como a uno de sus papeles, vertiendo cardamomo en mi taza, esperando que me alegre. Yo matándola como a un personaje de mis páginas, escondiendo el veneno en su té, ansioso por que carcoma sus entrañas.

Sentí un beso en la mejilla. Salí de mi ensueño y noté que, al contrario de lo que imaginaba, no llovía, no hasta el jueves. La besé en sus labios de frutilla, me apreté bien contra su hombro y le susurré:
-Afortunadamente sólo te puedo matar con letras. No puedo resistir esa pasión embalsamante de vaciarte de sangre, huesos, linfa, para rellenarte con metáforas, hipérboles, antístasis. Sin contar los oximorones en los que te voy a ubicar, esos son mis preferidos. La ficción, yo ya te dije, es mi droga. Levantó la cabeza y me dijo:
-Me parece que se va a largar a llover.


16-12-05 y corregido el 07-02-06

miércoles, marzo 08, 2006

Cómo destruir a un robot



Para empezar
cambie el aceite
por un poco de brea,
así se moverá muchísimo menos.

Luego escúchelo,
todos sabemos que los robots
dicen mayormente idioteces sin sentido.

Usted escúchelo,
pero después niegue
rotúndamente
todo lo que dijere.

Luego vuélquele una gaseosa,
o dos,
o tres,
y abandónelo bajo la lluvia.

Si tiene baterías
no se las saque
será mucho mejor
que se le gasten .p o .c ..o ...a ....p ....o .. ...c .... .....o.

Para terminar
esconda su control remoto
en un cajón olvidable
y no lo llame
ya nunca más.

08-03-06

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