domingo, septiembre 10, 2006

Nombre

Llego a la casa vacía
mi nombre es desolación

salgo a la noche abierta
mi nombre es desamparo

camino las veredas rotas
mi nombre es melancolía

miro el piso y sigo el surco
mi nombre es cobardía

paro colectivos y no subo
mi nombre es conformismo

lloran mis ojos el viento
mi nombre es ceguera

hablo sin poder decir
mi nombre es impotencia

venticinco centavos y fumo
mi nombre es cáncer de pulmón

te miro o no te miro
no me nombres.

10-09-06

jueves, septiembre 07, 2006

Informe Nº267

F-G, Carpeta 23 Informe Nº267

De oficial principal M. J. a comisario F. G. L.

Bs. As. 31 de Enero de 2006

Cumplo mediante la presente en comunicarle a Superioridad los datos recolectados durante el pasado mes por el cuerpo de investigaciones nº25, dependiente de la Comisaría 5ta de Flores, acerca de la persona de Bruno Rodrigo Fleming. Se realiza en el presente documento informe general sobre de los datos más relevante de la investigación. Para un análisis detallado se aconseja remitirse a los informes del nº97 al nº116 del archivo nº546 de nuestro cuerpo de investigaciones.
Bruno Rodrigo Fleming de 32 (treinta y dos) años de edad, nacionalidad argentina, con domicilio en Pedernera 214 depto. 3ºA, encaja a la perfección con la descripción del informe Nº345 de la carpeta 16 del cajón M-N de la oficina nº12 de la seccional nº10 (a partir de aquí nombrado como el primer informe).
El sujeto vive solo en el ya mencionado departamento, contando únicamente con la compañía de un can raza Jack Rusell Terrier de mediana edad que responde al nombre de “Zequi”. El cabo S. N. M. indagó de incógnito al portero del edificio acerca de si el sospechoso poseía alguna familia viva y este informó que sus padres viven pero se mudaron a Córdoba hace algunos años, sin precisar cuántos. No se le conoce cónyugue alguna, aunque algunos vecinos declararon haber visto a la srita. Ángela Estela Muñoz, vecina del 3ºC, visitarlo por lo menos cinco veces en el último mes por extensos intervalos de tiempo.
Se ratificó también la sospecha del primer informe de que el sujeto es profesor universitario. Actualmente dicta clases en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tanto los días martes como los miércoles concurre con tal propósito de 18:30 a 20:00 horas a la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan, situada en el barrio de Caballito. Se deduce que de aquí conoce al individuo Gustavo Adolfo Romero mencionado en el primer informe.
Además de asistir a la mencionada Facultad, trabaja de lunes a viernes entre las 9:00 y las 15:00 horas para la empresa Telefónica de Argentina en las oficinas situadas en Av. de Mayo 325, 7º piso. Se desconoce aún la labor que allí desempeña. Todo indica que de aquí conoce a Paula Gamabaroni, que según el documento nº261 del mes de Febrero del presente año, es la presunta acompañante sin identificación apuntada en el primer informe.
Además de los tres sujetos señalados anteriormente, a su círculo habitual de relaciones se añaden Jorge Manuel Vidal, Ernesto Darío Vidal (hermano mellizo del anterior), Soledad García, Mario Federico Pérez León, Gabriela Mirta Schilachi y Martín Bautista Gutierrez; todos ellos egresados en el año 1992 de la Escuela Secundaria Nº 76. También se lo ha visto reiteradas veces conversando con un grupo de cuatro o cinco alumnos a la salida de sus clases de los martes.
El portero del mencionado edificio de la calle Pedernera también informó al cabo S. N. M. que el sujeto no suele dejar su departamento muy a menudo y ante la pregunta de cuánto hacía que no se ausentaba por más de una semana respondió que desde hacía dos años, cuando dijo que iba a Córdoba a visitar a sus padres.
Los agentes que lo han seguido en sus recorridos anotan que el individuo tiene una notable inclinación hacia el juego y que por lo menos tres veces por semana se lo ve entrar a un garito de la calle Pedro Goyena. Suele también llegar de madrugada a su casa, incluso en días de semana. Se lo ha visto cargar libros, pero ningún material comprometedor, casi siempre literatura. Cuatro veces en la últimas dos semanas recorrió librerias por la calle Corrientes, parecía buscar un volumen raro.
Más allá de los señalado en el último párrafo no se han observado comportamientos sospechosos por parte del sujeto.
Continua vigilancia preventiva hasta que Superioridad disponga.
Sin otra novedad.
06-09-06
(este blog prolifera gracias al libre comercio de ideas, comente usted también)

jueves, agosto 31, 2006

Jerarquía


Me atrae la pestaña
que está pegada
al señalador
de la página ventiocho
de un libro
de literatura
de la facultad.

Casi tanto quiero a los pelos
de las mujeres
que están cosidos
a sus cráneos de maniquí.

Más me gustan las pecas de Lara
pero menos que la sonrisa espontánea de Eliana.
Lo mismo que las cejas
los párpados
las legañas.


Sin embargo más pastores alemanes quecuidan
antes ellos que los filósofos idealistas
que los antropólogos
que las hormigas.

Igualadas las medias de las muchachas punk
abiertas, agujereadas
violentas, violadas

De licores degusto todos antes
primero el vino
después el fernet
previo whisky o martini
más luego la cerveza
(rubia / negra),
cierran la fila el vodka
el jerez, la ginebra.

Me gustan así los cuentos maquinales
abiertos, cerrados.
Me gusta Borges más que Cortázar.
Siempre elijo los libros usados

disfruto los lomos delgados.
Me gustan Calac y Polanco,
me gusta la Maga,
Bestiario.
Me gusta más Cortázar que Borges.

Tengo una simpatía avara
por el fútbol y las destrezas atléticas.
Aplastar con la espalda el pasto,
tocar lana sintética.


Prefiero igual los pies ligeros y los sombreros.


Adoro más comer con cuchara,
cortar en pedazos la manzana,
joder a la rima
y a la
métrica.

Me inclino más por lo anterior
que por el limonero del fondo
estimado más que las enciclopedias
más queridas que las gallinas.

Y ese señalador
que tiene la pestaña
que está en la página veintiocho
de un libro
de literatura
de la facultad
me gusta menos
que todo esto.


31-08-06

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lunes, agosto 28, 2006

Flores y losanges

Estaba hablando con alguien y lo que me decía
era tan terrible
que me descubrí
temblando.

Una hora
y media después
me di cuenta de que el tiro balanceado se había apagado.


















En cualquier momento
y sin que me lo proponga
encuentro razón para el
llanto.

27-08-06

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viernes, julio 14, 2006

En El Puente (Die Bruck)

Estar a tres metros de mí, más que en mí.
Atender en la ausencia, faltarme, esperar en el discurso.
Soy otro que está sentado en una mesa en diagonal.
Porque, sin él saberlo, siempre fui eso que está diciendo.
Por eso no puedo evitar ir hasta las palabras que me corresponden.
Y estar más allá que acá y en ningún lado.
Mientras el té se enfría soy enunciado.
Hasta que se calla.

20-05-06
(un día en que la realidad se me escapó por 15 minutos, más o menos)

martes, julio 04, 2006

Trampa

Durante el apagón
(en el rescoldo)
escondí los huesos
que no
quería que encontrases.


04-07-06

domingo, julio 02, 2006

Ficción


Estaba con el florista. Al final había resultado una persona muy charlatana. Digo, alguien que inicia una conversación con la persona que esta meando en el mingitorio de al lado necesariamente es una persona charlatana. El señor de la galera, en cambio, fue una decepción. No había dicho una palabra, se limitaba a mascullar cosas inentendibles mientras jugaba al póquer y fumaba de una forma que sólo los camellos podrían imitar (si, años de publicidad nos convencieron de que los camellos fuman; a estas alturas es un hecho inapelable). El escenario es el mismo de siempre. Pero los minuciosos sabrán que no es el de siempre, sino el de las últimas veces; que se volvió el de siempre a la fuerza, por capricho del narrador. El narrador manifiesta que si escribe esto es por los demas, por los que están convencidos de que los camellos fuman; por los que no confiaban en poder charlar con el florista nunca, pero en cambio creían muy probable sostener grandes debates con el señor de la galera; por los que saben que el escenario no es el de siempre y por los que lo ignoran.

Bueno, pongámosle que se trata de un barcito no tan chico como todos piensan, de paredes negras y luces de neón verdes. Un lugar muy humedo, de mesas negras y de visibilidad mínima por tanto humo: una Londres de nicotina. Éste tiene entrepiso y escalera. Dato muy importante, digno de ser remarcado: mi bar tiene escalera. Ahora bien, nadie sube al entrepiso por orden municipal. No hay una cadena, no hay un agente del orden que impida el paso, no es gente respetuosa la que frecuenta el lugar: simplemente no suben. El señor de la galera fuma, el florista fuma. Las mujeres de alrededor del señor de la galera tambien fuman, pero Victoria Slims. Dos anónimos, un sacerdote y un gótico juegan al póquer con el señor de la galera. Gana uno de los anónimos, pero el señor de la galera es el único que fuma, sonríe y es festejado por las Victorias. El cura remilgón se juega la limosna del dia. El gótico viene bien, con cincuenta pesos adentro, pero igual se siente consternado porque se le corre el maquillaje. Sería un hipocrita si escribiese algo sobre los anónimos, en su momento no les di ninguna importancia.

En mi mesa, frente al señor de la galera, están sentados el mimo que conocí ese mismo día a la tarde, mi mejor amigo (C), el hombre que se agranda, el amigo del hombre que se agranda y el caballero del antifaz negro. Yo no aparezco porque al momento de la fotografía estoy meando junto al florista, en el mingitorio de la izquierda. Como se podra notar, igualmente, en este sector del tugurio hay demasiado olor a huevo. El amigo del hombre que se agranda está intranquilo por ello y no deja remarcarlo; exige reiteradas veces al hombre que se agranda que partan hacia otros rumbos. El hombre que se agranda se estira hacia arriba, piensa, baja la cabeza hacia su compañero, se desestira hacia abajo y pregunta, sin esperar respuesta, a dónde y a qué van a ir (en realidad él esta planeando, más adelante, cepillarse a una de las Victorias). C está ahí porque yo lo metí, así que se impacienta con mi descripción que se alarga mucho mientras estoy en el baño. Creo que lo conoce al amigo del hombre que se agranda pero se hace el boludo. El mimo va por el quinto vaso de cerveza y con su guante blanco dibuja el contorno del chop, absorbiendo el sudor de la rubia. Cada tanto le pega una mirada al caballero del antifaz negro que no se sabe bien en qué piensa, pero no deja de acariciarse la barbilla. Calculo que envidia el extraño atuendo del mimo y piensa que a él, con su antifaz negro, le quedaría mucho mejor.

El florista me empezó a hablar no me acuerdo bien de qué. No lo tengo claro, porque el hecho de que el florista me dirijiera la palabra a mí (sin saber todo lo que yo había conjeturado, comentado, debatido acerca de él), me produjo una embriaguez mental, de esas que tuercen la realidad treinta grados a la izquierda y tapan los oídos. Sé que me dijo que tenía setenta y ocho años y que había caminado trenta y cinco cuadras para llegar a mi bar de ficción. Pero señaló que antes había parado en otros bares menos abstractos que el mio y que quedaban en Lanus, Banfield, Lomas; bares que carecían de la ficción de este, pero donde los clientes compraban más flores... "sin ofender". Eso sí, no se tomaba tan buena cerveza. Yo, pasmado como estaba, sólo pude responder con los enunciados casuales más estúpidos que la civilización occidental haya establecido jamás; el florista fue comprensivo, se levantó la bragueta y volvió a su mesa (no, no se lavó las manos).

Yo recorrí con lentitud beoda todo lo que había desfilado delante de mis ojos aquella noche y creí imposible que algo pudiera empañarla, ni siquiera la mugre que estaba adherida al espejo de ese baño, ni la Londres de nicotina que flotaba afuera del wc. Si tan sólo hubiera podido invitar al florista a la mesa y hacerle un lugar entre C y yo. Preguntarle si alguna vez invitó a salir a alguna de las camareras de mi bar de ficción, tratar de averiguar donde vivía, a qué colegio había ido, cual era su enigmática marca de cigarrillos, si a lo mejor conoce a mi abuela (que en ese momento me daba cuenta, tienen la misma edad). Pero no, se me escapó el florista entre la nicotina británica que despedían las Victorias, humeantes detrás del hombre de la galera, quien perdía todas las manos pero seguía teniendo muchas fichas.

Volví a mi asiento para la gracia de C que estaba podrido del hombre que se agranda y del amigo del hombre que se agranda. Estos dos seguían discutiendo ridículamente su respectivas intenciones de quedarse y partir. Lo echaron a la suerte y salió siete en los dados, pero como no habían establecido reglas en esa absurda decisión de azar, los dos se adjudicaron la victoria y trataron de meternos en la rencilla:
Salió siete, vos lo viste.
Sí, por eso, gané yo.
Qué vas a ganar vos si el siete era mi número.
No, vos no dijiste nada, así que era el mio. Dale, vámonos de acá.
¿Irnos? ¿Vos no querías que nos quedemos?
Sí, por eso, nos quedamos.
No. Nos vamos, porque salió siete; vos lo viste!
Siete quiere decir que gané yo.
Vos lo viste, ¿no, C?
Si.
¿Que fue?
Un siete.
Ahí lo tenés, un siete, dale vamos.
No, no ves que dijo siete, nos quedamos.
Escéchame, ¿viste mi siete o su siete?
Era un siete.
Bah, justo a ese infeliz le preguntás.
A ver, ¿vos qué vistes?
Estoy casi seguro de haber visto el mismo siete que él.
¿Casi seguro?
Sí, casi seguro.
¿Y la duda va en favor de mi siete o del siete de él?
No, mi duda radica en que yo sólo sostengo tres verdades: el helado de frambuesa es el más rico, andar en ojotas no es tan comodo y el colectivo es sedante; todo lo demás no es seguro.
Mejor preguntémosle al mimo.

Pero el mimo estaba muy ocupado bebiendo whisky (lo habrá pedido cuando hablaba con el florista) y contemplando dolorosamente a las Victorias, cenidas al pecho del hombre de la galera. Solamente tras prolongada insistencia mostró los dedos de su mano derecha y el mayor e índice de la izquierda. El caballero del antifaz negro comparaba su maquillaje con el del gótico y se vanagloriaba internamente de llevar el suyo mucho más cuidado. No cedió a la presión de ser convertido en árbitro de la disputa.

Al fundirse lentamente la discusión en el ruido del ambiente, pude prestarle atención al eco de mis pensamientos y sentí cómo me susurraban una imbécil preocupación acerca de la longevidad. Una sinápsis vecina traía atados a la cadena asociativa una lonja de longevos lisonjeros; lisonjeros como el cura que arriesgaba poco y con mucha culpa, que se mordía salvajemente los labios y apretaba la cara cuando le venía una mala mano. Pero yo estaba alejado todavía de ese partido de poquer, que sólo percibía preconcientemente, puesto que toda mi atención se volcaba ahora en una serie de concatenaciones internas (semiosis diría, si no escribiera para los demás) que terminaban en un par de pétalos aplastados en el interior de un libro con mi dedicatoria.

Y me abrazaban las últimas llamas de ese recuerdo flamígero, cuando me tironeó a la realidad la mujer anacrónica que apareció coronada por la niebla de tabaco entre la mesa de póquer y la nuestra. No era muy alta, unos rizos deliciosos le cubrían el ojo derecho a medias. Llevaba puesta una remera marrón de mangas tres cuartos entallada y una larga pollera verde piedra. Pero lo que llamó mi atención, definitivamente, no fue su cara de la década del veinte entre el humo ni su cuerpo delgado pintado de ocre, sino sus medias amarillentas y sus zapatos de vieja. Venía como llamada por mi interpretante final.

El tiempo se detuvo (por lo tanto también el espacio) y ahí fue cuando supe que el cura era un cagón y que estaba jugando póquer porque le dijeron que no tenía huevos,
que el gótico estaba ahí porque no tenía nada mejor que hacer,
que el hombre de la galera no quería jugar cartas si no que estaba posando para una pintura que alguien debía estar pinceleando en esos momentos (a lo mejor yo, a lo mejor otro),
que los anónimos nunca me importaron por más plata que estuviesen sacando,
que mi amigo C siguió mis pensamientos desde afuera todo el tiempo que estuve callado,
que el hombre que se agranda y el amigo del hombre que se agranda se habían ido olvidando los dados,
que el mimo lloraba desconsoladamente hundido en sus propios brazos,
que el caballero del antifaz negro trataba de sacarle el gorro al mimo,
que el florista sonreía desde donde estuviera en aquel momento.

La mujer anacrónica me miraba con las pupilas bien abiertas.
La cortina de humo no se disipaba, las Victorias prendían un cigarrillo atrás del otro. Los dos nos quedamos paralizados. El hombre de la galera prendió un habano, las Victorias se le arrimaron más; una le acariciaba el pecho y encabritaba sus senos. El cura comenzó a llorar cuando el gótico ganó la mano. C trataba de consolar al mimo, ya sin gorro, porque el caballero del antifaz negro se lo había puesto y trataba de seducir a una Victoria. La mujer anacrónica rompió el trance, fue a la barra y pidió una copa de coñac. Mi mundo se torció treinta grados a la izquierda, se me taparon los oídos y rebotó de nuevo la realidad al ángulo llano de siempre; aunque mis oídos siguieron tapados.

El mimo se corrió toda la pintura llorando y C le alcanzó pañuelos negros. Me daba mucha lástima ver al mimo llorar, lo había conocido esa tarde, pero en verdad lo había llevado conmigo toda la vida. Por suerte C se encargaba. El caballero del antifaz negro con el gorro del mimo susurraba al oído de la Victoria palabras eyaculantes y la iba alejando del grupo. No podría asegurar si la besaba o si sólo le hablaba ya que mi atención se centraba en la nuca de la mujer anacrónica que bebía de a pequeños sorbos el coñac, cruzada de piernas sobre una banqueta pegada a la barra, con los zapatos de vieja colgando sensualmente de sus piernas amarillentas. Cada vez veía menos porque la nube de humo me irritaba los ojos y me afectaba el entendimiento; creí vislumbrar un camello inglés perdido en la bruma.

Las lágrimas del mimo llenaban lagunas de melancolía en la mesa a la vez que C le daba palmaditas en su espalda de tirantes cruzados. El partido de póquer parecía ponerse picante y el hombre de la galera daba largas pitadas a su habano. Las Victorias gemían o reían con el afán de exhaltar aún más el clima del juego. El caballero del antifaz negro con el gorro del mimo se había escondido junto a la Victoria detrás de la puerta corrediza para continuar su palabrerío sexual a oscuras. Los dados del hombre que se agranda y del amigo del hombre que se agranda caían de la mesa para perderse bajo los tobillos de la niebla narcótica. Y la mujer anacrónica me echaba una pícara mirada de soslayo a la vez que daba su último trago de coñac. Entonces, en el clímax de la opresión, vi como el florista del otro lado del bar me observaba, tratando de anticipar mis movimientos. Me paré de repente y tomé lo que quedaba del whisky del mimo. Me acerqué a la mujer anacrónica, la tomé del brazo y le pedí por favor que se acabara, que volvieran todos al cajón preferido de mi memoria asociativa. Con un gesto cínico dijo que no era el humo lo que me irritaba los ojos. La realidad se torció treinta grados a la derecha. Y ahí sí se esfumó Londres, el gorro del mimo, las fichas de póquer, el ambivalente siete, esos zapatos soñados y mis sueños etílicos de sábado por la madrugada.

11-10-05

viernes, junio 30, 2006

Perro muerto*

Ese cacho de pelusa no es basura. En realidad quiero decirle: no es simple basura, es un perro muerto. Atropellado, puntualmente. No se trate de convencer, no esquive la mirada. Ahí se murió un animal. Un animal que con su último aliento de vida se cagó, congeló sus ojos y sacó la lengua. Ahí se pueden ver las entrañas volcadas en la calle. Pero ¿qué necesidad de decir entrañas? Al fin y al cabo tambien es perro, tambien es carne, un corazon chiquito y quieto, una bolsa de cuero antes estomago, los intestinos bañados en mierda, la sangre negra salpicando todo. Como extensión del can se deja ver la huella de la asesina rueda impresa en el asfalto con la tinta más amarga jamás preparada.
Ya está sucio el cadaver, de tantos otros autos que mancillaron su integridad canina. Aceitosos, sangrientos, mierdosos los restos del perro muerto. Alimento de hongos y moscas, chiste de gato, pena de nenes, asco de viejas, solemnidad de poetas, horror de compañeros. Ahí sigue ese perro muerto. ¿Vio que hubiera sido mejor volantear y pagar el precio de la chapa y pintura?

16-03-05
*ningún animal salió lastimado durante la redacción de este texto.

viernes, junio 09, 2006

Homicida

En el espejo
veo una sombra
que sostiene un puñal,
la luz de frente a mí.



09-06-06

viernes, junio 02, 2006

Un paseo (estación séptima)

Estando afuera se impresionó por la diferencia térmica con respecto al interior; no se podía explicarse como había podido respirar allí dentro. El calor infernal de las llamas del Hades lomense era incuetionable. Pero olvidóse pronto de esto al notar a su amigo sentado en el suelo, hundido en sus rodillas. Se acercó y le preguntó:
-¿Estás bien?El otro levantó el rostro colorado, con un ojo hinchado, y contestó: -Mientras su honor permanezca intacto.
-Sos un tarado, ¿quién te mandó a defenderme?- dijo furiosa ella.
El otro se levantó con su ayuda y cerró la conversación:
-Espero que te des cuenta de lo que es capaz este lugar -trás el silencio continuó- No importa, sigamos caminando.Y lo siguieron haciendo, pero un mutismo inexplicable se apoderó de ellos.

Amanecía mientras pasaban por cafés, departamentos, negocios. Habían recorrido ya cuatro cuadras cuando él se freno y rompió la veda:
-Esta es Laprida, calle principal de Lomas y asesina de la amadísima Meeks que toda esta madrugada hemos recorrido. A partir de aquí empieza Carlos Pellegrini, pero ese será un paseo para otra noche. Ya Eos asoma sus rosáceos dedos y la estación de trenes nos espera para llevarnos a casa.
Y al oir la bocina del primer tren eléctrico del nuevo día, cerró los ojos y con un gesto de nostalgia, exclamó solemne:
-Ciudad en vías de desarrollo, en un país en vías de desarrollo... Muchas vías para un tren que nunca va a llegar, porque lo único que les interesa son las vías, las idiotizantes estructuras férreas que corroen la identidad. No sé si está bien que ese tren llegue, pero lo que no soporto es la mediocridad de los que se olvidan de la tierra sobre la que se apoyan esas delgadas líneas metálicas. Llamame loco por eso.
Ella tambien consternada a causa de las palabras recién oídas le preguntó:
-¿Pensás que somos locos por no conformarnos con eso? ¿Por no vivir pendientes de un celular, o por no chocarnos contra espejismos posmodernos? No te mortifiques, todavía somos jóvenes y si no olvidamos la esencia de lo que pensamos, con la experiencia vamos a encontrar un mejor camino.
Dibujo él una sonrisa en su rostro y balbuceó en voz muy baja, casi inaudible:
-Pensemos así, si hoy queremos poder apoyar la cabeza en la almohada.
Y sin interrumpir al silencio, se encaminaron hacia la estación de trenes para separarse y regresar a sus hogares.
Final del recorrido
06-02-05