Estar a tres metros de mí, más que en mí.
Atender en la ausencia, faltarme, esperar en el discurso.
Soy otro que está sentado en una mesa en diagonal.
Porque, sin él saberlo, siempre fui eso que está diciendo.
Por eso no puedo evitar ir hasta las palabras que me corresponden.
Y estar más allá que acá y en ningún lado.
Mientras el té se enfría soy enunciado.
Hasta que se calla.
20-05-06
(un día en que la realidad se me escapó por 15 minutos, más o menos)
viernes, julio 14, 2006
En El Puente (Die Bruck)
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martes, julio 04, 2006
Trampa
04-07-06
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domingo, julio 02, 2006
Ficción
Estaba con el florista. Al final había resultado una persona muy charlatana. Digo, alguien que inicia una conversación con la persona que esta meando en el mingitorio de al lado necesariamente es una persona charlatana. El señor de la galera, en cambio, fue una decepción. No había dicho una palabra, se limitaba a mascullar cosas inentendibles mientras jugaba al póquer y fumaba de una forma que sólo los camellos podrían imitar (si, años de publicidad nos convencieron de que los camellos fuman; a estas alturas es un hecho inapelable). El escenario es el mismo de siempre. Pero los minuciosos sabrán que no es el de siempre, sino el de las últimas veces; que se volvió el de siempre a la fuerza, por capricho del narrador. El narrador manifiesta que si escribe esto es por los demas, por los que están convencidos de que los camellos fuman; por los que no confiaban en poder charlar con el florista nunca, pero en cambio creían muy probable sostener grandes debates con el señor de la galera; por los que saben que el escenario no es el de siempre y por los que lo ignoran.
Bueno, pongámosle que se trata de un barcito no tan chico como todos piensan, de paredes negras y luces de neón verdes. Un lugar muy humedo, de mesas negras y de visibilidad mínima por tanto humo: una Londres de nicotina. Éste tiene entrepiso y escalera. Dato muy importante, digno de ser remarcado: mi bar tiene escalera. Ahora bien, nadie sube al entrepiso por orden municipal. No hay una cadena, no hay un agente del orden que impida el paso, no es gente respetuosa la que frecuenta el lugar: simplemente no suben. El señor de la galera fuma, el florista fuma. Las mujeres de alrededor del señor de la galera tambien fuman, pero Victoria Slims. Dos anónimos, un sacerdote y un gótico juegan al póquer con el señor de la galera. Gana uno de los anónimos, pero el señor de la galera es el único que fuma, sonríe y es festejado por las Victorias. El cura remilgón se juega la limosna del dia. El gótico viene bien, con cincuenta pesos adentro, pero igual se siente consternado porque se le corre el maquillaje. Sería un hipocrita si escribiese algo sobre los anónimos, en su momento no les di ninguna importancia.
En mi mesa, frente al señor de la galera, están sentados el mimo que conocí ese mismo día a la tarde, mi mejor amigo (C), el hombre que se agranda, el amigo del hombre que se agranda y el caballero del antifaz negro. Yo no aparezco porque al momento de la fotografía estoy meando junto al florista, en el mingitorio de la izquierda. Como se podra notar, igualmente, en este sector del tugurio hay demasiado olor a huevo. El amigo del hombre que se agranda está intranquilo por ello y no deja remarcarlo; exige reiteradas veces al hombre que se agranda que partan hacia otros rumbos. El hombre que se agranda se estira hacia arriba, piensa, baja la cabeza hacia su compañero, se desestira hacia abajo y pregunta, sin esperar respuesta, a dónde y a qué van a ir (en realidad él esta planeando, más adelante, cepillarse a una de las Victorias). C está ahí porque yo lo metí, así que se impacienta con mi descripción que se alarga mucho mientras estoy en el baño. Creo que lo conoce al amigo del hombre que se agranda pero se hace el boludo. El mimo va por el quinto vaso de cerveza y con su guante blanco dibuja el contorno del chop, absorbiendo el sudor de la rubia. Cada tanto le pega una mirada al caballero del antifaz negro que no se sabe bien en qué piensa, pero no deja de acariciarse la barbilla. Calculo que envidia el extraño atuendo del mimo y piensa que a él, con su antifaz negro, le quedaría mucho mejor.
El florista me empezó a hablar no me acuerdo bien de qué. No lo tengo claro, porque el hecho de que el florista me dirijiera la palabra a mí (sin saber todo lo que yo había conjeturado, comentado, debatido acerca de él), me produjo una embriaguez mental, de esas que tuercen la realidad treinta grados a la izquierda y tapan los oídos. Sé que me dijo que tenía setenta y ocho años y que había caminado trenta y cinco cuadras para llegar a mi bar de ficción. Pero señaló que antes había parado en otros bares menos abstractos que el mio y que quedaban en Lanus, Banfield, Lomas; bares que carecían de la ficción de este, pero donde los clientes compraban más flores... "sin ofender". Eso sí, no se tomaba tan buena cerveza. Yo, pasmado como estaba, sólo pude responder con los enunciados casuales más estúpidos que la civilización occidental haya establecido jamás; el florista fue comprensivo, se levantó la bragueta y volvió a su mesa (no, no se lavó las manos).
Yo recorrí con lentitud beoda todo lo que había desfilado delante de mis ojos aquella noche y creí imposible que algo pudiera empañarla, ni siquiera la mugre que estaba adherida al espejo de ese baño, ni la Londres de nicotina que flotaba afuera del wc. Si tan sólo hubiera podido invitar al florista a la mesa y hacerle un lugar entre C y yo. Preguntarle si alguna vez invitó a salir a alguna de las camareras de mi bar de ficción, tratar de averiguar donde vivía, a qué colegio había ido, cual era su enigmática marca de cigarrillos, si a lo mejor conoce a mi abuela (que en ese momento me daba cuenta, tienen la misma edad). Pero no, se me escapó el florista entre la nicotina británica que despedían las Victorias, humeantes detrás del hombre de la galera, quien perdía todas las manos pero seguía teniendo muchas fichas.
Volví a mi asiento para la gracia de C que estaba podrido del hombre que se agranda y del amigo del hombre que se agranda. Estos dos seguían discutiendo ridículamente su respectivas intenciones de quedarse y partir. Lo echaron a la suerte y salió siete en los dados, pero como no habían establecido reglas en esa absurda decisión de azar, los dos se adjudicaron la victoria y trataron de meternos en la rencilla:
Salió siete, vos lo viste.
Sí, por eso, gané yo.
Qué vas a ganar vos si el siete era mi número.
No, vos no dijiste nada, así que era el mio. Dale, vámonos de acá.
¿Irnos? ¿Vos no querías que nos quedemos?
Sí, por eso, nos quedamos.
No. Nos vamos, porque salió siete; vos lo viste!
Siete quiere decir que gané yo.
Vos lo viste, ¿no, C?
Si.
¿Que fue?
Un siete.
Ahí lo tenés, un siete, dale vamos.
No, no ves que dijo siete, nos quedamos.
Escéchame, ¿viste mi siete o su siete?
Era un siete.
Bah, justo a ese infeliz le preguntás.
A ver, ¿vos qué vistes?
Estoy casi seguro de haber visto el mismo siete que él.
¿Casi seguro?
Sí, casi seguro.
¿Y la duda va en favor de mi siete o del siete de él?
No, mi duda radica en que yo sólo sostengo tres verdades: el helado de frambuesa es el más rico, andar en ojotas no es tan comodo y el colectivo es sedante; todo lo demás no es seguro.
Mejor preguntémosle al mimo.
Pero el mimo estaba muy ocupado bebiendo whisky (lo habrá pedido cuando hablaba con el florista) y contemplando dolorosamente a las Victorias, cenidas al pecho del hombre de la galera. Solamente tras prolongada insistencia mostró los dedos de su mano derecha y el mayor e índice de la izquierda. El caballero del antifaz negro comparaba su maquillaje con el del gótico y se vanagloriaba internamente de llevar el suyo mucho más cuidado. No cedió a la presión de ser convertido en árbitro de la disputa.
Al fundirse lentamente la discusión en el ruido del ambiente, pude prestarle atención al eco de mis pensamientos y sentí cómo me susurraban una imbécil preocupación acerca de la longevidad. Una sinápsis vecina traía atados a la cadena asociativa una lonja de longevos lisonjeros; lisonjeros como el cura que arriesgaba poco y con mucha culpa, que se mordía salvajemente los labios y apretaba la cara cuando le venía una mala mano. Pero yo estaba alejado todavía de ese partido de poquer, que sólo percibía preconcientemente, puesto que toda mi atención se volcaba ahora en una serie de concatenaciones internas (semiosis diría, si no escribiera para los demás) que terminaban en un par de pétalos aplastados en el interior de un libro con mi dedicatoria.
Y me abrazaban las últimas llamas de ese recuerdo flamígero, cuando me tironeó a la realidad la mujer anacrónica que apareció coronada por la niebla de tabaco entre la mesa de póquer y la nuestra. No era muy alta, unos rizos deliciosos le cubrían el ojo derecho a medias. Llevaba puesta una remera marrón de mangas tres cuartos entallada y una larga pollera verde piedra. Pero lo que llamó mi atención, definitivamente, no fue su cara de la década del veinte entre el humo ni su cuerpo delgado pintado de ocre, sino sus medias amarillentas y sus zapatos de vieja. Venía como llamada por mi interpretante final.
El tiempo se detuvo (por lo tanto también el espacio) y ahí fue cuando supe que el cura era un cagón y que estaba jugando póquer porque le dijeron que no tenía huevos,
que el gótico estaba ahí porque no tenía nada mejor que hacer,
que el hombre de la galera no quería jugar cartas si no que estaba posando para una pintura que alguien debía estar pinceleando en esos momentos (a lo mejor yo, a lo mejor otro),
que los anónimos nunca me importaron por más plata que estuviesen sacando,
que mi amigo C siguió mis pensamientos desde afuera todo el tiempo que estuve callado,
que el hombre que se agranda y el amigo del hombre que se agranda se habían ido olvidando los dados,
que el mimo lloraba desconsoladamente hundido en sus propios brazos,
que el caballero del antifaz negro trataba de sacarle el gorro al mimo,
que el florista sonreía desde donde estuviera en aquel momento.
La mujer anacrónica me miraba con las pupilas bien abiertas.
La cortina de humo no se disipaba, las Victorias prendían un cigarrillo atrás del otro. Los dos nos quedamos paralizados. El hombre de la galera prendió un habano, las Victorias se le arrimaron más; una le acariciaba el pecho y encabritaba sus senos. El cura comenzó a llorar cuando el gótico ganó la mano. C trataba de consolar al mimo, ya sin gorro, porque el caballero del antifaz negro se lo había puesto y trataba de seducir a una Victoria. La mujer anacrónica rompió el trance, fue a la barra y pidió una copa de coñac. Mi mundo se torció treinta grados a la izquierda, se me taparon los oídos y rebotó de nuevo la realidad al ángulo llano de siempre; aunque mis oídos siguieron tapados.
El mimo se corrió toda la pintura llorando y C le alcanzó pañuelos negros. Me daba mucha lástima ver al mimo llorar, lo había conocido esa tarde, pero en verdad lo había llevado conmigo toda la vida. Por suerte C se encargaba. El caballero del antifaz negro con el gorro del mimo susurraba al oído de la Victoria palabras eyaculantes y la iba alejando del grupo. No podría asegurar si la besaba o si sólo le hablaba ya que mi atención se centraba en la nuca de la mujer anacrónica que bebía de a pequeños sorbos el coñac, cruzada de piernas sobre una banqueta pegada a la barra, con los zapatos de vieja colgando sensualmente de sus piernas amarillentas. Cada vez veía menos porque la nube de humo me irritaba los ojos y me afectaba el entendimiento; creí vislumbrar un camello inglés perdido en la bruma.
Las lágrimas del mimo llenaban lagunas de melancolía en la mesa a la vez que C le daba palmaditas en su espalda de tirantes cruzados. El partido de póquer parecía ponerse picante y el hombre de la galera daba largas pitadas a su habano. Las Victorias gemían o reían con el afán de exhaltar aún más el clima del juego. El caballero del antifaz negro con el gorro del mimo se había escondido junto a la Victoria detrás de la puerta corrediza para continuar su palabrerío sexual a oscuras. Los dados del hombre que se agranda y del amigo del hombre que se agranda caían de la mesa para perderse bajo los tobillos de la niebla narcótica. Y la mujer anacrónica me echaba una pícara mirada de soslayo a la vez que daba su último trago de coñac. Entonces, en el clímax de la opresión, vi como el florista del otro lado del bar me observaba, tratando de anticipar mis movimientos. Me paré de repente y tomé lo que quedaba del whisky del mimo. Me acerqué a la mujer anacrónica, la tomé del brazo y le pedí por favor que se acabara, que volvieran todos al cajón preferido de mi memoria asociativa. Con un gesto cínico dijo que no era el humo lo que me irritaba los ojos. La realidad se torció treinta grados a la derecha. Y ahí sí se esfumó Londres, el gorro del mimo, las fichas de póquer, el ambivalente siete, esos zapatos soñados y mis sueños etílicos de sábado por la madrugada.
11-10-05
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viernes, junio 30, 2006
Perro muerto*
Ya está sucio el cadaver, de tantos otros autos que mancillaron su integridad canina. Aceitosos, sangrientos, mierdosos los restos del perro muerto. Alimento de hongos y moscas, chiste de gato, pena de nenes, asco de viejas, solemnidad de poetas, horror de compañeros. Ahí sigue ese perro muerto. ¿Vio que hubiera sido mejor volantear y pagar el precio de la chapa y pintura?
16-03-05
*ningún animal salió lastimado durante la redacción de este texto.
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viernes, junio 09, 2006
Homicida
En el espejo
veo una sombra
que sostiene un puñal,
la luz de frente a mí.
09-06-06
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5:22 p.m.
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viernes, junio 02, 2006
Un paseo (estación séptima)
-¿Estás bien?El otro levantó el rostro colorado, con un ojo hinchado, y contestó: -Mientras su honor permanezca intacto.
-Sos un tarado, ¿quién te mandó a defenderme?- dijo furiosa ella.
El otro se levantó con su ayuda y cerró la conversación:
-Espero que te des cuenta de lo que es capaz este lugar -trás el silencio continuó- No importa, sigamos caminando.Y lo siguieron haciendo, pero un mutismo inexplicable se apoderó de ellos.
Amanecía mientras pasaban por cafés, departamentos, negocios. Habían recorrido ya cuatro cuadras cuando él se freno y rompió la veda:
-Esta es Laprida, calle principal de Lomas y asesina de la amadísima Meeks que toda esta madrugada hemos recorrido. A partir de aquí empieza Carlos Pellegrini, pero ese será un paseo para otra noche. Ya Eos asoma sus rosáceos dedos y la estación de trenes nos espera para llevarnos a casa.
Y al oir la bocina del primer tren eléctrico del nuevo día, cerró los ojos y con un gesto de nostalgia, exclamó solemne:
-Ciudad en vías de desarrollo, en un país en vías de desarrollo... Muchas vías para un tren que nunca va a llegar, porque lo único que les interesa son las vías, las idiotizantes estructuras férreas que corroen la identidad. No sé si está bien que ese tren llegue, pero lo que no soporto es la mediocridad de los que se olvidan de la tierra sobre la que se apoyan esas delgadas líneas metálicas. Llamame loco por eso.
Ella tambien consternada a causa de las palabras recién oídas le preguntó:
-¿Pensás que somos locos por no conformarnos con eso? ¿Por no vivir pendientes de un celular, o por no chocarnos contra espejismos posmodernos? No te mortifiques, todavía somos jóvenes y si no olvidamos la esencia de lo que pensamos, con la experiencia vamos a encontrar un mejor camino.
Dibujo él una sonrisa en su rostro y balbuceó en voz muy baja, casi inaudible:
-Pensemos así, si hoy queremos poder apoyar la cabeza en la almohada.
Y sin interrumpir al silencio, se encaminaron hacia la estación de trenes para separarse y regresar a sus hogares.
06-02-05
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6:41 p.m.
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sábado, mayo 27, 2006
Un paseo (estación sexta)
-Sepa usted que hay dos formas de entrar cuando es tan tarde. Bien puede usted pagar la módica suma de diez pesos y acceder a esta morada infernal pagando tan barato impuesto, o bien puede arriesgarse a intentar resolver con astucia el acertijo de la Esfinge.
Dicho esto señaló al orgulloso guardián de las puertas violetas, y siguió:
-Confieso que existen otros métodos menos dignos pero confío en que no insistirá en ellos, usted que es una dama.
Ella, sin vacilar, contestó:
-No quiero parecer miserable, pero me tienta el camino difícil. Probemos nuestra astucia y nuestra sabiduría, y de paso guardemos unos pesos, que nunca vienen mal.
Acordado esto, esquivaron las boleterías y enfilaron derecho para las puertas violetas, al notar que no traían entrada, la Esfinge se sobresaltó, agitó sus gruesos brazos, y dijo:
-Mortales, jamás franquearán las puertas púrpuras sin antes vencerme en mi juego favorito: el enigma.
La Esfinge, de pantalon negro ajustado, lívida camisa y erizados cabellos cortos, esperaba una respuesta impaciente. Gozaban aquellos de la ansiedad de la bestia, pero a la vez también querían comenzar el juego, así que ella se adelantó y le hizo saber:
-Muy bien, aceptamos. Sabiendo que si acertamos nos vas a dejar entrar en el acto y que si fallamos nos vas a expulsar con toda tu furia ansiosa.
Muy contenta la Esfinge meditó unos segundos y recitó:
que come cada día miles de hombres
para vomitarlos a la noche,
quizás la unica piedra
que ha logrado vencer al agua.
-Admirables son los intentos de mi amiga, neófita en mitologías sureñas, pero tu vil adivinanza es tan regional que casi no le da chance a los no iniciados. Yo, como habitante de estos lares, debería someterme al exilio si no pudiera contestarle que usted ha hablado con mucha poesía del magnámico ferrocarril General Roca. Destaco la originalidad del último verso, aclarando que el Riachuelo es un río muy bravo, no por la fuerza de su torrente sino por lo corrosivo de sus aguas.
Hervía en colera la Esfinge, insultábalos entre dientes y farfullaba lamentos. No abría la puerta según lo acordado, preso del ardor que Ares sembraba en su pecho, y se lo veía mejor dispuesto para sacarlos a patadas que para abrir las puertas violáceas. Advirtiendo todo esto, tomó él la mano de su compañera y, aprovechando el aturdimiento de su rival por la derrota, abrió él mismo el acceso al Hades lomense y corriendo fugazmente, entraron, hasta perderse en la oscura multitud que había allí adentro.
Una vez internados en el medio de la turba, cesaron la huida y se reclinaron sobre de una ancha columna. Arreglóse él su saco marrón, a la vez que ella observaba las luces amarillas, rojas, verdes, azules y violetas que colgaban del techo.
-Es esta la primera cámara infernal. Son cuatro las de este satánico recinto, pero temo que sólo podré hacerle pasar por tres de ellos.
Tenía que hablar muy alto, casi a los gritos, debido al volumen de la música que inundaba el ambiente. A propósito de la misma ella señaló:
-No es música de boliche.
-No, esta es música de situación. Funciona para ambientar al Salón del Apriete, tal el nombre del lugar donde nos encontramos.
-¿Salón del Apriete?- dijo ella a la vez que alguien pasaba y le rozaba sospechosamente uno de sus senos.
-Sí, aquí se amontonan las tres cuartas partes de los concurrentes, ansiosos por tomar alguna bebida e indecisos acerca de qué hacer. Se trata sin embargo de una excelsa galería donde todos se muestran entre idas y venidas. La condena de estas almas vanidosas es el caluroso roce constante con sus congéneres. El apriete llega a tal extremo que resulta imposible la respiración y además nutre la ira de los corazones adolescentes.
-Pensé que te referías a otro tipo de apriete.
-Bueno, ese también es bienvenido aquí...
-También me llama la atencion que se hayan amontonado dos pecados tan distintos en un solo infierno.
El otro rióse y corrigió:
-No te equivoques, los siete pecados conviven en todas las cámaras infernales del Hades lomense, en ese sentido es admirable su pluralismo, lo que sucede es que ellos mismos se agrupan y aquí predominan los vanidosos y los iracundos; sin echar de menos a los perezosos que duermen en mesas o piso (como verás en todos los cuartos); a los lujuriosos que aceptan el juego de la soberbia; a los envidiosos, casi siempre encarnados por los misóginos y las zorras; o a los avaros que bajan de su apartado especial para elevar a alguna que otra muchacha. De los invadidos por la gula encontrarás en su mayoría a los alienados homo ebrius, que sin ejecutar libación alguna, afrentan a los olímpicos en su vagar etílico. Pero ya habrá tiempo para una descripción más detallada.
Decía todo esto mientras ella se disputaba un minimo espacio entre la masa de adolescentes, que engordaba a cada instante.
-Che, mejor nos vamos de acá...
-Muy bien, sigamos rumbo a la segunda cámara infernal.
Aunque el espacio que debían recorrer era menor al que cubre una media cancha de futbol 5, árduo resultó su cometido. Las supuestas filas que se formaban de un lado a otro entre los apretados estáticos, desarmábanse constantemente y deteníanse para volver a armarse infinidad de veces. Sin dudas estaba causando estragos en los héroes la marcha, ya que no podía sostenerse con verdad que la piel de ellos no se encontrase sudada, ni que sus cuerpos no hayan sido manoseados por un oportunista anónimo; pero tolerando estas afrentas y con el afán de explorar la Mansión Infernal, llegaron al límite entre el Salón del Apriete y el siguiente estadío infernal.
Plantado allí estaba el protector del segundo cuarto infernal, custodiando la soga roja que cortaba el paso. Al ver su intención de traspasar las fonteras, exigió:
-A ver las muñecas, chicos.
Tomó seguidamente las manos de ambos y al no encontrar signo alguno de su mayoría de edad estuvo a punto de hablar cuando aquel que había vencido a la Esfinge se le adelantó:
-En vano buscas pulseras, ¡oh guardián de la soga roja!, ya que hemos entrado al Hades lomense venciendo en su juego a la cruentísima Esfinge de las puertas violáceas.
Notando que aquel adolescente estaba familiarizado con la terminologia angelical del barrio, dispuso una prueba para dejarlos pasar:
-Aprecio su bravura por haber vencido a la Esfinge, iniciados, pero si queréis pasar por aquí deberán descifrar el significado que oculta mi camisa, que aunque no fue forjada por Hefesto, me la ha obsequiado el mismisimo rey de este Tártaro sureño.
Ipso facto dióse vuelta y enseñó la brutal espalda de su camisa, donde un refulgente dibujo dejaba ver centenares de adolescentes, de ojos tapados por vendas, que deambulaban desconcertados por un oscuro lugar a la vez que uno les llamaba inútilmente desde el centro de la escena. Éste estaba subido a un pedestal dorado, en el cual estaban grabadas todas las abominaciones del Aqueronte: las horribles Górgonas, las sangrientas Erineas, la hangurrienta Caribdis, la bulímica Escila, las seductoras Sirenas, el tricéfalo Cancerbero, los letales Licenciados en Marketing y el mismísimo Plutón, todos ellos con las bocas abiertas, visiblemente gritando.
-No caigas en facilismos- le aconsejó aquel, depositando su confianza en su compañera. Aquella si bien un poco confusa al principio, resolvió el misterio al punto que contestó convencida:
-Estos jóvenes que vagan perdidos por tu camisa, no son ciegos, sino sordos, ya que una vez que tienen los ojos tapados no tienen forma de guiarse más que chocandose entre ellos, por más que alguien intente dirigirlos a viva voz. Probablemente los gritos de aquellas bestialidades han destruido los oídos de los pobres adolescentes. Este infierno debe tratarse, entonces, de un infierno musical.
Muy contento estaba su compañero. El protector de la soga roja descorrió el seguro, instandolos a pasar de inmediato sin decir una sola palabra.
Dentro del Teatro de los Sordos se sintieron un poco más acogidos a causa de la menor densidad de población; más allá de la música, que era aún más estrambótica que en el estadío anterior.
-Aquí estamos, en el Teatro de los Sordos, donde los espectadores se escinden, inundando sus oídos con melodías estridentes como los truenos de Zeus padre.
En efecto se veía a un centenar de personas de ropas oscuras que relucían unicamente por las tachas adheridas a sus mochilas, cinturones y hebillas. Abundantes en gel y cadenas estos seres movían su cabeza y sus pies al ritmo de la canción que sonaba. Incluso algunos vociferaban sus letras en inglés.
-Tétrico- opinó aquella de la hermosa cabellera.
-Sin dudas. Te advierto que aquí las apariencias son imprescindibles, así que es preciso pasar desapercibidos antes de que se envalentonen contra nosotros debido a nuestros ropajes.
No había terminado de proferir estas palabras, cuando uno de los alienados sordos despertó de su sueño afónico para advertir las pardas ropas de aquellos dos. Iracundo por tal oprobiosa afrenta a su estilo de vida, vociferó para que lo escucharan los demas:
-¡Caretón!
Tal grito de guerra llamó la atención de los otros sordos, que esta vez sí quisieron oir, e hicieronse eco de la proclama mas no sólo repitieron el improperio sino que también comenzaron a empujar a los visitantes. Y cantaban al maltratar:
-¡Caretas! ¡Vayanse de acá!
-Es mejor que nos vayamos- gritó ella asustada- pasemos a la escalera.
El otro alarmóse y rechazó de plano la sugerencia:
-¡No! Aquel es el Apartado Plutarquico, o vip. No estamos en condiciones de sortear la dura prueba que nos ofrecería el defensor de la escalera verde. Mejor aspiremos a menos y pasemos al tercer infierno, quizás menos hostil que éste.
Y dicho esto señaló la puerta corrediza que se levantaba al final del pasillo y entre embestidas e insultos se acercaron a ella. Él la abrió lo suficiente como para que pudieran escabullirse, y al encontrarse del otro lado la cerró rápidamente.
Agitados por el desenlace catastrófico sufrido en el cuarto anterior, se encontraban todavía apoyados en la puerta corrediza, bañados por las luces de colores y acosados por las melodías electrónicas del nuevo infierno. Una vez recuperados del abatimiento producto del exilio, anunció él:
-Aquí el tercer espacio del Hades lomense: la Pista de la Tentación.
Inquirió ella desconfiada:
-¿Cómo puede ser que ni un solo guardia nos impidió la entrada?
-Sucede que todo es propicio para la entrada a esta locación, diva de la Mansion infernal, se trata de demostrar cuan fácil es caer en la tentacion. Sagacidades del arquitecto de este infierno, sabrá disculparme puesto que no tengo nada que ver; aunque bastante aprecio ese detalle en situaciones de persecuta como las de recién.
Asintió ella y continuó:
-Y bueno, ¿qué me espera en esta parte del recorrido?
Soltó una risita simpática y respondió el otro:
-Aquí la atracción principal de la mansión, donde los más grandes personajes de la fauna local vienen a saciar sus impulsos más primitivos. ¡Bien podría contarle yo cuantas veces, siendo más pequeño, creí encontrar a las musas corretear por aquí, sobre todo a Tersipcore, quien vistió su velo de adolescente una noche para danzar, aquí mismo delante de mis jóvenes ojos, y engañó a mi debil corazon. ¡Ay de mí!, tan pequeño y obnubilado por la elegancia de una pollera.
Continuaba él con sus lamentos, cuando un libidinoso especimen se acercó a su compañera y le dijo al oido:
-Tan sola por acá ¿por qué no me acompañás un poco?
Ella, un poco aturdida, sonrió forzosamente, negó con la cabeza y rogó para que se aleje de inmediato, cosa que sucedió ante la negativa, aunque sólo para dar pie a un suceso más lamentable.
-¡Esa cola no la hiciste lavando platos, mamasa!- exclamó un notable miembro de los Sátiros de Banfield, logia de hombres poco venturosos que se reunen las noches de fin de semana para presenciar partidos de fútbol, ofender a las divinidades del lúpulo y la malta al consumir su mágico elixir sin celebrar ofrenda alguna, además de contar inventadas hazañas carnales y salir a bailar.
Reaccionando ante la ignominia interpelada a su amiga, aquel de las cavilaciones profundas, arremangóse y tomó del hombro al sátiro a la vez que pedía que se retractara. En desacuerdo con tal pedido, el banfileño estaba a punto de regalarle un potentoso derechazo, cuando unos oportunos descendientes del linaje de los patovicas tomáronlos por los hombros y echáronlos del lugar por la salida de emergencias. Quedóse ella sola en medio de la Pista de la Tentación, rodeada de bailarines y demás festejantes que se sacudían al compás de la electrónica música. Tardó unos minutos en recuperarse de la impresion que le causó la escena recién presenciada y al caer en la cuenta de que su compañero estaba fuera, busco desesperadamente una salida. Dirijióse hacia la puerta de emergencias por donde habían despachado a los dos contendientes, y pidióle un tanto alterada al patovica:
-Abrime, dejame salir y te pido por favor que no insistas en probarme con ningun desafío ancestral.
El hombre la miró extrañado por sus palabras, pero igualmente abrió la puerta y la dejó salir de la morada infernal.
06-02-05
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jueves, mayo 25, 2006
Un paseo (estación quinta)
-He aquí la anchurosa Garibaldi. Tristemente debo informarle que aquí termina la espléndida localidad de Temperley, la de las sólidas praderas. Una vez del otro lado habremos arrivado a su hermana mayor, la ufana Lomas de Zamora, ciudad de las peluquerías. Pero no se alerte, que la queridísima Avenida Meeks continúa y no por eso nuestra jornada se ve opacada.
-Qué es ese edificio de enfrente... El que se llama...
Interrumpióle él antes de que profiriera el nombre de tal lugar: -Déjeme evitarle gran escarnio por invocar el nombre de tal establecimiento. Allí enfrente se sostiene el Hades Lomense, caluroso lugar donde las almas de la zona van a parar para ser castigados noche tras noche por sus pecados. La Mansion Infernal donde cientos de adolescentes son torturados justa o injustamente por las bestias de la noche, muchas veces ellos mismos.
Evidentemente no esperaba esa respuesta ella, así que preguntó:
-¿Se supone que es un boliche?
-Cruel fachada para atraer con su hechizo a los incautos.
Quedáronse contemplándolo un buen rato hasta que ella pidióle:
-Guiame, no quiero perderme esto.
Él sonrió disimuladamente y dijo:
-Si esa es su voluntad, no voy a intentar disuadirla y de paso le comento que me parece muy bueno su espíritu aventurero. Veo que aspira a ser una iniciada en cuestiones sureñas y no voy a negarle ese camino. Lamento que no haya vino, harina ni crátera para realizar una libación en favor a su decision. Ni bueyes que sacrificar en divina hecatombe para que los dioses nos protejan en nuestra incursion. Pero bueno, aquí vamos.
Dicho esto cruzaron la anchurosa Garibaldi y encaminaronse a la esquina del Hades lomense.
06-02-05
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chicoverde
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miércoles, mayo 24, 2006
Un paseo (estación cuarta)
-Mirá a ese pobre hombre...
Dejábase ver en el cuadro urbano una forma de vida de origen dudoso, que reposaba sobre la vereda sostenido por sus espaldas y que, visiblemente dominado por una fuerza superior, a duras penas respiraba. En cueros y plasmada una solemne mueca en su rosto, veíaselo completamente enajenado de la realidad. -¡Bendita tu eres, niña! Que en tu primer visita a estos bellísimos lares conoces al eminente hombre Petizo, codiciado seso de la ideosincracia local.
Extrañada, levanto una ceja y con un gesto de intriga exijió:
-Explayate más.
El otro, complacido por el reclamo, le dijo:
-Este sacrificado ser, imitando a las sacedotisas de Apolo que recurrían a la bebida narcótica para comunicarse con el dios, sumerje el manto de su humanidad en el mas pútrido e impio de los licores para trascender a otro plano de la existencia y hallar verdaderas máximas filosóficas, que afanosamente trae entre sueños a este mundo. El problema consiste en el eterno escollo de la práctica mántica: la traducción de las abordadas verdades. A veces los significados de tales designios resultan indescifrables hasta para el mismo Petizo.
Terminó de decir estas palabras y ella asintió satisfecha. Cuando pasaron a su lado, el hasta ahora inmutable Petizo grito con vehemencia:
-¡Numénico será el angelical relato Gongoriano!
Se miraron de inmediato y él repuso con reconocible humildad:
-Ni lo intentemos.
06-02-05
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chicoverde
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lunes, mayo 22, 2006
Un paseo (estación tercera)
Asomabase entre una selva de pastos crecidos y demás plantas una colosal pieza metálica de cinco metros de alto, hermana menor de la construida tiempo atrás por un tal Gustavo en Paris.
-Esa es la famosísima Torre Eiffel argentina. Que como no podía ser de otra forma se encuentra en Temperley...
Se rió avidamente la otra y acordóse:
-Artaud es un genio, no podés dejar de leerlo.
Cambiaban los dibujos de las baldosas pero ellos seguían ecuánimes. Aquella del lado de las casas, aquel bajando y subiendo incómodamente del cordón con cada paso.
-No me cabe duda, si es que vos lo decís, pero ahora estoy metido en otro tipo de material. Igual lo voy a tener en cuenta. Igual no quiero hablar de literatura. Encontré algo más apropiado para la noche- dijo mientras señalaba hacia la vereda de enfrente. Allí se sostenía un nobilísimo bar, carente de nombre, pero rebosante de alcóholes, seguramente. Continuó:
-Será esta la próxima parada de nuestro recorrido.
Dicho ésto cruzaron la grandiosa Meeks y se internaron en el recinto báquico.No poco les costo encontrar una mesa disponible una vez dentro, tuvieron que esperar a que una pareja indecisa se levante de su lugar luego de una acalorada discusión que sostuvieron por diez minutos. Una vez establecidos un hombre alto y desgarbado salió de la barra situada a su derecha y les alcanzó la carta, pero antes de que pudiera dejarla en la mesa, aquel le ordenó:
-Traeme dos whiskies.
Al escuchar la orden, retiró la carta y volvió a la barra a paso apresurado. La otra le dijo:
-Yo no quiero tomar nada.
-Menos mal, no se me ocurrió preguntarte si querías tomar algo- respondió con fina sonrisa.
Ella rió también, pero enseguida su rostro cambió al ver pasar por delante suyo a una grotesca figura femenina, pintarrajeados sus pómulos y ojos, demasiado brillante su atuendo. Un poco ofuscada inquirió al otro:
-¿A dónde me trajiste?
Él, complacido por la pregunta, dibujó una sonrisa en su cara y contestó:
-Era necesario interponer un poco de chapa y cemento entre usted y el firmamento para que notara lo que quería mostrarle en este viaje... Mire a su alrededor, observe el espectáculo teatral que propicia este microcosmos del Gran Buenos Aires.
Giró la cabeza en torno del aposento e invitó a la otra a hacer lo mismo. Por la escena merodeaban algunas adolescentes cubiertas por desfachatadas ropas y de labios pintados, llenas de vigor y con un notable entusiasmo impreso en sus ojos. Se veía al fondo un mesón donde cinco hombres de unos veinticinco años tomaban cerveza y justo al lado de ellos un señor de blanquecinos cabellos erizados, que fumaba mientras observaba cuidadosamente a las adolescentes antes mencionadas. Sentado en la barra descansaba un golem de carne de casi unos dos metros de alto, de anchas espaldas que, vestido con una camiseta blanca, dejaba ver en sus omoplatos y brazos un verdadero mural de tatuajes.
Después de observar atentamente y sin reparar en la expresión de intriga de su compañera, continuó: -Es este el sueño progresista consumado casi en su totalidad. Aquí tenemos al eminente obrero de siete a catorce, que se mutila a cada hora de trabajo en la construcción o en la fabrica, que no falta nunca a una marcha o reunión gremial, que suda por los poros sangre para conseguir esos miserables pesos que precisa para vivir y que luego gasta en mujeres y ginebra los fines de semana. Y si por algún motivo sobrase un vuelto de sus noche de juerga, los invierte en aquellos presumibles grabados de tinta cutáneos, sólo para alimentar su espíritu narcisista y engalanarse mejor durante sus incursiones nocturnas. ¿Qué va a hacer si por culpa de su patron no tiene chance de otro tipo de vida?
Allí están las ninfas noctámbulas, merodeando las noches pertrechadas por las más finas telas y adornadas con los más singulares tesoros, dispuestas a la lujuria y ansiosas por cosas que ni siquiera conocen muy bien, arrastradas por la masificación y preocupadas por los más pasajeros placeres. Divinas lucen ahora, pero que poco locuaces se veían sus rostros cuando lloraban caprichosamente frente a sus madres para conseguir aquellas ropas, esos adornos y el permiso para vagar por la noche. Estas pequeñas damas, jugando a la belle epoc, cuando sus abuelas de seguro mantuvieron su hogar lavando trastos en la quinta del latifundista Jorge Temperley.
No dejes atrás a aquel foribundo personaje, el anciano que muy pituco se mimetiza en estos lares, atraido por la carne joven y el vivo recuerdo borrascoso de una vida que se le apaga. Aterrado por la señora negra que le señalara el camino a los infiernos, busca salidas de fantasía en cremas, tinturas y ropa de marca. Insaciable es en sus antojos, pendenciero con los niños, desdeñosos con los pobres, olvida el amor que alguna vez recibió de su amadisima finada y sucumbe a toda clase de vicios posmodernos.
Y no olvidemos por favor al futuro inmediato, los orgullosos universitarios, líderes de nuestro país en la posteridad; que más ocupados en algunas practicas non-sanctas que en el estudio, pierden sus caminos académicos entre alguna falda pecaminosa o confunden las vueltas de su destino con la redondez inmaculada de una barril de cerveza. Para ellos hay tiempo para un juicio más justo, pero mientras tanto no dudaran en tender redes de pena, inundadas de los sofismas más baratos, ciegos por su soberbia infundada y prestosos a intercambiar más que palabras con otro ente facultativo del sexo opuesto. Todo mientras sus progenitores, drogados con el sueño de un título, cargan a sus espaldas semejantes tumores ventiañeros.
Por supuesto todos estos individuos están bien preparados para este juego, con sus atavíos de marca, sus teléfonos con cámara y sus cabellos peinados, cortados, planchados, coloreados, desmechados, matemáticamente diseñados en alguna de las ciento diecisiete peluquerías lomenses. Es aquí donde puedes notar tales sutilezas, ya que en tus pagos capitalinos las líneas entre el ideal y la carne se hallan borrascosas, mientras que aquí es tan notoria y grotesca la transposición, que roza el ridiculo. Esto era, sin más, lo que quería que observaras: como un antiguo afán delirante por armar la pequeña Europa, sumado a la mentira de la globalización, ha dado vida a un deforme monstruo urbano que se reproduce como conejos. Urbi et orbe.
Ella, turbada por lo que había escuchado, preguntó frágil:
-¿Y qué pensás que se puede hacer para que esto no sea así?
El otro respondió con visible pena:
-No lo sé, doncella, no lo sé. Y eso es lo que más me molesta. Pero algo tenemos que hacer si no queremos que un día al llegar a nuestras casas, agotados por un árduo trabajo oficinista en alguna odiosa multinacional, nuestros hijos enfundados en sus remeras del Che Guevara, nos pregunten, consternados como lo estamos ahora, qué hicimos para que esto no sea así.
Fue silencio el resto. Hasta que llegaron los whiskies, y de un apresuradísimo trago finiquitaron a los dos.
-Sabía que ibas a querer tomar -dijo con una triste sonrisa. Y se fueron.
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chicoverde
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